EDUARDO GALEANO Vena abierta

Eduardo Galeano

La cita con Galeano es a las doce de la mañana, en el hotel donde pide alojarse cada vez que visita Madrid: El hotel Moderno, en la calle Arenal, un tres estrellas a cincuenta metros de la Puerta del Sol. La entrevista ha sido concertada a través de Violeta Medina, una chilena que trabaja como agente que promociona libros, películas, obras de teatro y demás salsas culturales, sobre todo, que tengan que ver con la parte sudaca (latinoamericana) que llega a España. A ella le debo llegar a él.

Y llego al hotel, junto con el camarógrafo, y nos conducen a una sala oscura, de sillones grandes y blancos, y negros también, lámparas encendidas, moqueta roja, mesas de mármol. Un sitio lúgubre. Viejo. Con librerías sin libros, con cuadros de pinturas clásicas y marcos dorados, donde sobre un escritorio hay una maquina de escribir sin hojas, una vela encendida, y un florero sin flores. Unas paredes pintas de color verde oscuro.

Aparece Eduardo Galeano, quien baja de la habitación 309. Nos saludamos y le llama la atención los cables por el suelo, las luces de televisión, el desparrame técnico que contrasta con la solemnidad del sitio. Pero aparece con una sonrisa parecida a la del Wason. También con unas cejas parecidas a las del Wason. Los pelos que le quedan son blancos, brillantes, como su calva, y algunas de sus ideas, que algunas deslumbran, como su calva. Aparece y la voz va por delante de sus pasos. Su tono es de olas calmas, sus formas cambian según el grado de cordialidad o indignación que le suponga cierta sombra o determinado rayo. Busca su acomodo. No desespera ante los preparativos de luces y cámara. Es sereno. Eduardo Galeano es conocido y reconocido por Las venas abiertas de América Latina, su obra, obligada y releída, en muchas escuelas, juventudes y academias. Arranca hablando de historia, y dice: “la historia es una paradoja andante, y que la contradicción le mueve las piernas, que sus silencios dicen más que sus palabras y que con frecuencia las palabras revelan, mintiendo, la verdad”. Esto lo argumenta cuando habla de “Espejos”, libro con el que se planta y lleva por el mundo para hablar: “Me parece que no existe la verdad, me parece que hay muchas verdades. Siempre he dicho que desde el punto de vista de una lombriz un plato de espaguetis es una orgía, depende de dónde se coloque uno para ver las cosas. Lo que intenta este libro es recuperar la mirada de los que estuvieron pero no están porque no les dan lugar”.

Para explicarse mira sus dedos, acaricia sus pulgares, redobla su dicho en la calma que brinda verse en los espejos y saber que hay cosas que sólo vemos a partir de su reflejo. Galeano, reflejado, suelta: “Cuando los años van pasando el espejo ya no nos gusta, decimos, está mal hecho, sin embargo, los espejos están llenos de gente que vive en otros lugares del tiempo, así, el mundo no es ni ancho ni ajeno”. Pareciera que a Galeano le sirve su espejo para mirar lo que viene detrás y explota por delante. Por ello, quizá, su lectura del tiempo: “Los tiburones no tienen marcha atrás y la historia tampoco, pero a veces, a fuerza de tanto olvidar lo que ocurrió, volvemos a tropezar. La memoria que hoy vivimos es única y excluyente, mutiladora, el arcoíris terrestre es mucho más amplio que el celeste pero está empañado por el machismo, el elitismo, el militarismo”.

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Los calcetines rojos de Galeano no combinan con el azul de su pantalón, camisa y ojos, pero sí, con el rosado de su rostro, encendido cuando denuncia: “El mundo siempre caminó pero el racismo ha robado nuestra memoria primera. Todos venimos de África, somos africanos emigrados, el sol se ocupó del reparto de los colores pero originariamente el bichito humano salió caminando del África en una época en la que no se exigía mas pasaporte que las piernas”.

Eduardo Galeano contesta sin reloj, sus palabras son de goma, elásticas y monótonas, las ideas le brotan como hongos, espontáneas y necias, algunas incluso de tanto repetir pareciera que resbalan en los lugares exclusivos de la insistencia. Sus creencias zurdas las expulsa como en un monólogo: “En el mundo sigue habiendo ciudadanos de primera, de segunda, y de tercera categoría, pero también muertos, entonces no es que fuimos todo, fuimos mas que un proyecto de lo que podemos ser. Yo siempre digo que el mejor de mis días es el que todavía no viví”.

Este uruguayo mide casi dos metros de caballerosidad, y de cera y cerámica son sus modales, no así sus luchas que destilan una robusta indignación, está cabreado, sus dientes son desiguales, pareciera que estuvieran alterados por la molestia que le genera el racismo. Dice que Espejos lo escribió como un homenaje a la diversidad, y que todos los prejuicios racistas le producen asco, tanto que le hacen extender sus brazos y llevárselos al cuerpo como si le doliera el estómago, algo apesta dicen las manos que tapan su nariz cuando imita a los que dicen: “Por culpa de estos que vienen de afuera y trabajan el doble a cambio de la mitad, nosotros, los aquí nacidos, no tenemos trabajo, ese tipo de discursos que lamentablemente cada vez se escuchan más, y que tanto daño están haciendo, equivale a criminalizar la inmigración. Aparte de eso, niegan la diversidad, o sea niegan la posibilidad de que seamos múltiples, niegan lo que rompe los ojos, y lo que rompe los ojos es que lo mejor que el mundo tiene está en la cantidad de mundos que el mundo contiene. Todas las constituciones reconocen el derecho a la libre circulación de las personas, y todas mienten porque en los hechos ese derecho no se da”.

Con Galeano pareciera que los mejores espejismos son los que incitan a ver cómo nos ven, y saber cómo somos. Este escritor escarba y estremece a la hora de contestar qué oscuridad marca nuestro tiempo: “Hay varias”, ríe y enumera: “El racismo, el machismo, el elitismo, el militarismo”, hace una escala, se detiene, toma aliento, y explica: “Fíjate, cada minuto mueren diez niños en el mundo por hambre, o por enfermedad curable, y cada minuto se gasta medio millón de dólares asesinando a inocentes en Irak, eso es oscuridad pura”. Otra oscuridad: “Cada querencia de la tierra tiene su propia manera de decir y lo peor que se nos quiere imponer en nombre de la globalización es una suerte de bobalización que nos obliga al lenguaje único que nace de las órdenes de lo que el mercado dicta”.

“Espejos”, cuenta Galeano, nació en Cádiz a partir de que se perdió. Relata que preguntó a un hombre: “Oiga, cómo hago para llegar al mercado viejo, y me responde: muy fácil, tú haz lo que la calle te diga, y este libro lo escribí haciendo lo que la calle me dijo, o sea, el libro me escribió, que es lo que pasa con los libros cuando los libros son de verdad, así como el buen vino, te bebe”.

Eduardo Galeano se reconoce fútboladicto pero ello no le impide reconocer las luces y sombras de ese deporte: “En la actualidad el fútbol es una mercancía, se ha olvidado de que es una fiesta de las piernas que se juegan y de los ojos que lo miran; hoy en día es la industria más lucrativa del espectáculo, cuando el fútbol merece ser la única religión sin ateos”, concluye, y empotra una despedida con su firma que es dibujo, un cerdito.

11 AÑOS DEL 11 M o el olvido como brutalidad

Han pasado 11 años del atentado en Madrid aquel 11 de marzo. Ha pasado el tiempo y sigue de actualidad, porque las heridas no sanan mientras no se cigatrizan, tal como lo refleja el documental Un invierno Propio, de Sebastián Arabia, y con Pilar Manjón como protagonista. Testimonio de aquel horror.

LEILA GUERRIERO, DISPARA CON “ZONA DE OBRAS”

Si somos prudentes, si sabemos esperar, la gente, antes o después, dirá lo que tenga que decir. O no. Y entonces también nos habrá dicho alguna cosa. LEILA GUERRIERO

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Mira, huele, toca, pregunta. Es Leila Guerriero, quien interroga, reseña, describe, deletrea y publica “Zona de Obras”. Un recetario más que un manual; una antología que reúne algo parecido a las fichas necrológicas que describen lo que pasa cuando ya pasó lo que escribió. Actas, notas, confidencias., creencias como: “el periodismo narrativo es muchas cosas pero es, ante todo, una mirada –ver, en lo que todos miran, algo que no todos ven-… pero para ver no sólo hay que estar; para ver, sobre todo, hay que volverse invisible”.

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Leila es acción más descripción igual a emoción. Crónica en estado puro. Cuando la conocí, lo primero que le pregunté fue:

-Leila, ¿llegas antes o llegas cuando llegas?

-Yo creo que el periodismo narrativo es necesariamente llegar mucho después, cuando ya pasaron todos.

Y ella llega después y permanece para desaparecer después. Escribe en Zona de Obras: “Sólo permaneciendo se conoce, y sólo conociendo se comprende, y sólo comprendiendo se empieza a ver”.

Su cuento es la puritita realidad. Mide, mira, calcula, subraya. Ofrece una pista:: “Quizás parte de la clave del periodismo narrativo es que, hablándonos de otros, nos habla, todo el tiempo, de nosotros mismos”

No es que sólo le atraiga la gente rara, los torturados, hay gente que le parece interesante, “gente común puesta en circunstancias extraordinarias”. Por ello “un desafío es contar la pobreza sin pietismo y narrar la riqueza sin –a priori- condena moral”.

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Leila se ocupa de los desdichados con la misma puntería que describe a las señoras ricas; al goce y al dolor. Al horror, también. Un ejemplo: “Esa tarde, toda la tarde, Amanda trajinó la casa escondiendo tijeras y cuchillos, navajas y horas de afeitar. Porque la vio mal –nerviosa, diría después- y sospechó: su hija, Eugenia, entraba y salía de los cuartos cerrando puertas con furia, los ojos dos ascuas vivas, y Amanda preguntaba: “¿Qué te pasa, Euge, por qué, por qué?”, más por calmarla que por esperar respuesta: hacía dos años que sabía por qué. Esa tarde de agosto de 2006, Eugenia, 15 recién cumplidos, furtiva como un gato, encontró al fin lo que buscaba: un filo. Entonces se encerró en el baño, se quitó la ropa y se hizo un tajo –hondo- en esa parte suya que la asquea: el sexo que lleva entre las piernas. El pene”.

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La mejor forma de denuncia es escribir bien. No somos iluminados ni tenemos una misión que cumplir en el mundo. Somos periodistas que contamos historias. Por ello, Leila Guerriero, escribe: “El periodismo equivale a alguna forma de la justicia cuando, en realidad, los periodistas no somos la justicia, ni la secretaría de bienestar social, ni la asociación de ayuda a la mujer golpeada, ni la Cruz Roja, ni la línea de asistencia al suicida. Contamos historias y si, como consecuencia, alguna vez ganan los buenos, salud y aleluya, pero no lo hacemos para eso, o no sólo para eso”.

Leila, lo aprendió: “El oficio que practico me enseñó a escuchar mucho y a hablar poco, a olvidarme de mi y a entender que todas las personas son su propio tema favorito”. También aprendió, acepta y hace:

  • Hay que aprender a vivir sin necesitar la mirada de los otros
  • Lo que hago es lo que más soy
  • Preguntar como quien no sabe, esperar como quien tiene tiempo y estar allí como quien no está.
  • Porque nunca pretendo ser amiga de quienes entrevisto. Porque no escribo para disgustarlos, pero sé que no tengo por qué escribir para que les gusté.
  • Si somos prudentes, si sabemos esperar, la gente, antes o después, dirá lo que tenga que decir. O no. Y entonces también nos habrá dicho alguna cosa.

Leila hace perfiles. Trabaja la crónica. Y entrevista a quien quiere, quizá . porque, dice: “Yo, que no obedezco nunca a nadie, obedezco a mis principios con sumisión arrebatada”.

–Hay alguien que te haya dicho no y te haya jodido?

– Hace poco, durante siete meses una persona me dijo no, pero hace dos semanas me dijo sí, pero durante los siete meses que me dijo no, me jodió, me jodió, me jodió.

Lelila corre pero cuando para, para. Tiene un anillo al que soba cuando escucha, que es casi siempre. Responde a todas las preguntas. También ríe. No va de guay, no va de moderna, creo que no va de nada. Pero sobre todas estas cosas, pregunta, pregunta y vuelve a preguntar. Y no saber la hace ser. Por ello busca, busca y vuelve a buscar.

Leila Guerriero es periodista, y no estudió periodismo. Hay quien lo estudió y no lo es; una profesión que –aunque se tenga el título- si no se ejerce es como fumar y no dar el golpe.

En mi caso no sé dónde aprendí periodismo, incluso no sé si lo que sé es periodismo, pero la pregunta no es dónde, sino con quién o de quién. En la universidad aprendí algo, más bien poco y mal, pero dos personas fueron fundamentales para hacer de ese poco, todo. Con estas dos personas reconocí lo ejemplar, que es cuando vale la pena copiar y repetir, untarse de eso que no es nosotros. Con el periodismo aprendí sobre la fugacidad; acepté que algo que lleva mucho y a veces todo dura como mucho un día, una hora o dos minutos.

También me enseñó el oficio periodístico que lo rápido lleva su tiempo, a callar si no se tienen las palabras, y a preguntar lo que uno desconoce pero también lo que uno cree; no hacer como que me gusta lo que rechazo pero tampoco a rechazar lo que no me gusta. Con el tiempo comprendí que el humor, la provocación o la sorpresa eran elementos constitutivos para la creación de un buen relato. Supe que la noticia como tal ya no cuenta, lo que cuenta es cómo se cuenta esa noticia. Nunca como ahora es necesario distinguir entre información, difusión y promoción. Quien informa desvela, denuncia y ofrece datos, quien difunde ofrece hallazgos, y quien promociona, sólo vende y no necesariamente cobra.

Con el periodismo supe que el error también puede ser una fórmula para el relato porque conlleva naturalidad, que suele ser lo más próximo a la verdad. Lo que cuenta, no es que hayamos estado, es CÓMO lo hemos contado. Y el CÓMO es la comida diaria de Leila Guerriero, periodismo que destila literatura.

 

“Zona de Obras”

Leila Guerriero.

Editorial: Círculo de Tiza.

1ª. Edición: Septiembre 2014.

Bombita en los Oscar. RELATOS SALVAJES, nominada.

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Ricardo Darín, qué es lo que más deseas en este mundo, le pregunté y dijo: “Creo que lo que más me gustaría en la vida, llegado a determinado momento, es decir pura y exclusivamente la verdad de lo que siento, sin medir ningún tipo de consecuencia, sin ser políticamente correcto, ni pudoroso, ni contemplativo, ni misericordioso. Me gustaría llegar a un punto en el que, amablemente, pueda decir exclusivamente la verdad, no sólo a los demás, sino decírmela a mí mismo también”.

Y entonces, quizá por ello, interpretó a Bombita, en Relatos Salvajes.

LA CULTURA EN LOS TIEMPOS DEL TWITTER. Influencia de las redes sociales en el periodismo cultural

Un reportaje de Gustavo Mota presentado en el Octavo Foro Internacional de profesionales de la comunicación y la información TVMORFOSIS, en el marco de la reciente Feria Internacional del Libro de Guadalajara FIL 2014, bajo el lema: “TV Everywhere, televisión en todas partes”. Un encuentro organizado por el Canal 44 de la Universidad de Guadalajara, con el apoyo de TV UNAM.

Jefes y redactores de las secciones culturales de los principales diarios digitales españoles declaran y analizan el impacto de las redes sociales en su labor informativa.

Un reportaje que responde a las preguntas:
¿Cuál ha de ser la conducta de un periodista en las redes sociales?

¿Hasta donde está la libertad del periodista y la injerencia de la empresa periodística en el uso de las redes sociales?

¿Las redes sociales han modificado la agenda informativa cultural?

¿Las redes sociales determinan nuevos contenidos culturales?

¿los nuevos medios digitales utilizan códigos deontológicos específicos para redes sociales?

¿Ha cambiado la función histórica del periodismo cultural con la aparición de diarios nativos online?

¿Cuáles son los principales errores de los periodistas en la utilización de redes sociales?

¿Cómo construye un periodista su reputación on line?

Participan en este reportaje:
PEIO. H RIAÑO: El Confidencial.com

KARINA SAINZ BORGO Vozpopuli.com

SILVIA HERNANDO. Infolibre. Com

PAULA CORROTO. Eldiario.es

JUAN MERODIO. Especialista en Social Media.

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