EDUARDO GALEANO Vena abierta

Eduardo Galeano

La cita con Galeano es a las doce de la mañana, en el hotel donde pide alojarse cada vez que visita Madrid: El hotel Moderno, en la calle Arenal, un tres estrellas a cincuenta metros de la Puerta del Sol. La entrevista ha sido concertada a través de Violeta Medina, una chilena que trabaja como agente que promociona libros, películas, obras de teatro y demás salsas culturales, sobre todo, que tengan que ver con la parte sudaca (latinoamericana) que llega a España. A ella le debo llegar a él.

Y llego al hotel, junto con el camarógrafo, y nos conducen a una sala oscura, de sillones grandes y blancos, y negros también, lámparas encendidas, moqueta roja, mesas de mármol. Un sitio lúgubre. Viejo. Con librerías sin libros, con cuadros de pinturas clásicas y marcos dorados, donde sobre un escritorio hay una maquina de escribir sin hojas, una vela encendida, y un florero sin flores. Unas paredes pintas de color verde oscuro.

Aparece Eduardo Galeano, quien baja de la habitación 309. Nos saludamos y le llama la atención los cables por el suelo, las luces de televisión, el desparrame técnico que contrasta con la solemnidad del sitio. Pero aparece con una sonrisa parecida a la del Wason. También con unas cejas parecidas a las del Wason. Los pelos que le quedan son blancos, brillantes, como su calva, y algunas de sus ideas, que algunas deslumbran, como su calva. Aparece y la voz va por delante de sus pasos. Su tono es de olas calmas, sus formas cambian según el grado de cordialidad o indignación que le suponga cierta sombra o determinado rayo. Busca su acomodo. No desespera ante los preparativos de luces y cámara. Es sereno. Eduardo Galeano es conocido y reconocido por Las venas abiertas de América Latina, su obra, obligada y releída, en muchas escuelas, juventudes y academias. Arranca hablando de historia, y dice: “la historia es una paradoja andante, y que la contradicción le mueve las piernas, que sus silencios dicen más que sus palabras y que con frecuencia las palabras revelan, mintiendo, la verdad”. Esto lo argumenta cuando habla de “Espejos”, libro con el que se planta y lleva por el mundo para hablar: “Me parece que no existe la verdad, me parece que hay muchas verdades. Siempre he dicho que desde el punto de vista de una lombriz un plato de espaguetis es una orgía, depende de dónde se coloque uno para ver las cosas. Lo que intenta este libro es recuperar la mirada de los que estuvieron pero no están porque no les dan lugar”.

Para explicarse mira sus dedos, acaricia sus pulgares, redobla su dicho en la calma que brinda verse en los espejos y saber que hay cosas que sólo vemos a partir de su reflejo. Galeano, reflejado, suelta: “Cuando los años van pasando el espejo ya no nos gusta, decimos, está mal hecho, sin embargo, los espejos están llenos de gente que vive en otros lugares del tiempo, así, el mundo no es ni ancho ni ajeno”. Pareciera que a Galeano le sirve su espejo para mirar lo que viene detrás y explota por delante. Por ello, quizá, su lectura del tiempo: “Los tiburones no tienen marcha atrás y la historia tampoco, pero a veces, a fuerza de tanto olvidar lo que ocurrió, volvemos a tropezar. La memoria que hoy vivimos es única y excluyente, mutiladora, el arcoíris terrestre es mucho más amplio que el celeste pero está empañado por el machismo, el elitismo, el militarismo”.

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Los calcetines rojos de Galeano no combinan con el azul de su pantalón, camisa y ojos, pero sí, con el rosado de su rostro, encendido cuando denuncia: “El mundo siempre caminó pero el racismo ha robado nuestra memoria primera. Todos venimos de África, somos africanos emigrados, el sol se ocupó del reparto de los colores pero originariamente el bichito humano salió caminando del África en una época en la que no se exigía mas pasaporte que las piernas”.

Eduardo Galeano contesta sin reloj, sus palabras son de goma, elásticas y monótonas, las ideas le brotan como hongos, espontáneas y necias, algunas incluso de tanto repetir pareciera que resbalan en los lugares exclusivos de la insistencia. Sus creencias zurdas las expulsa como en un monólogo: “En el mundo sigue habiendo ciudadanos de primera, de segunda, y de tercera categoría, pero también muertos, entonces no es que fuimos todo, fuimos mas que un proyecto de lo que podemos ser. Yo siempre digo que el mejor de mis días es el que todavía no viví”.

Este uruguayo mide casi dos metros de caballerosidad, y de cera y cerámica son sus modales, no así sus luchas que destilan una robusta indignación, está cabreado, sus dientes son desiguales, pareciera que estuvieran alterados por la molestia que le genera el racismo. Dice que Espejos lo escribió como un homenaje a la diversidad, y que todos los prejuicios racistas le producen asco, tanto que le hacen extender sus brazos y llevárselos al cuerpo como si le doliera el estómago, algo apesta dicen las manos que tapan su nariz cuando imita a los que dicen: “Por culpa de estos que vienen de afuera y trabajan el doble a cambio de la mitad, nosotros, los aquí nacidos, no tenemos trabajo, ese tipo de discursos que lamentablemente cada vez se escuchan más, y que tanto daño están haciendo, equivale a criminalizar la inmigración. Aparte de eso, niegan la diversidad, o sea niegan la posibilidad de que seamos múltiples, niegan lo que rompe los ojos, y lo que rompe los ojos es que lo mejor que el mundo tiene está en la cantidad de mundos que el mundo contiene. Todas las constituciones reconocen el derecho a la libre circulación de las personas, y todas mienten porque en los hechos ese derecho no se da”.

Con Galeano pareciera que los mejores espejismos son los que incitan a ver cómo nos ven, y saber cómo somos. Este escritor escarba y estremece a la hora de contestar qué oscuridad marca nuestro tiempo: “Hay varias”, ríe y enumera: “El racismo, el machismo, el elitismo, el militarismo”, hace una escala, se detiene, toma aliento, y explica: “Fíjate, cada minuto mueren diez niños en el mundo por hambre, o por enfermedad curable, y cada minuto se gasta medio millón de dólares asesinando a inocentes en Irak, eso es oscuridad pura”. Otra oscuridad: “Cada querencia de la tierra tiene su propia manera de decir y lo peor que se nos quiere imponer en nombre de la globalización es una suerte de bobalización que nos obliga al lenguaje único que nace de las órdenes de lo que el mercado dicta”.

“Espejos”, cuenta Galeano, nació en Cádiz a partir de que se perdió. Relata que preguntó a un hombre: “Oiga, cómo hago para llegar al mercado viejo, y me responde: muy fácil, tú haz lo que la calle te diga, y este libro lo escribí haciendo lo que la calle me dijo, o sea, el libro me escribió, que es lo que pasa con los libros cuando los libros son de verdad, así como el buen vino, te bebe”.

Eduardo Galeano se reconoce fútboladicto pero ello no le impide reconocer las luces y sombras de ese deporte: “En la actualidad el fútbol es una mercancía, se ha olvidado de que es una fiesta de las piernas que se juegan y de los ojos que lo miran; hoy en día es la industria más lucrativa del espectáculo, cuando el fútbol merece ser la única religión sin ateos”, concluye, y empotra una despedida con su firma que es dibujo, un cerdito.

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11 AÑOS DEL 11 M o el olvido como brutalidad

Han pasado 11 años del atentado en Madrid aquel 11 de marzo. Ha pasado el tiempo y sigue de actualidad, porque las heridas no sanan mientras no se cigatrizan, tal como lo refleja el documental Un invierno Propio, de Sebastián Arabia, y con Pilar Manjón como protagonista. Testimonio de aquel horror.

LEILA GUERRIERO, DISPARA CON “ZONA DE OBRAS”

Si somos prudentes, si sabemos esperar, la gente, antes o después, dirá lo que tenga que decir. O no. Y entonces también nos habrá dicho alguna cosa. LEILA GUERRIERO

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Mira, huele, toca, pregunta. Es Leila Guerriero, quien interroga, reseña, describe, deletrea y publica “Zona de Obras”. Un recetario más que un manual; una antología que reúne algo parecido a las fichas necrológicas que describen lo que pasa cuando ya pasó lo que escribió. Actas, notas, confidencias., creencias como: “el periodismo narrativo es muchas cosas pero es, ante todo, una mirada –ver, en lo que todos miran, algo que no todos ven-… pero para ver no sólo hay que estar; para ver, sobre todo, hay que volverse invisible”.

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Leila es acción más descripción igual a emoción. Crónica en estado puro. Cuando la conocí, lo primero que le pregunté fue:

-Leila, ¿llegas antes o llegas cuando llegas?

-Yo creo que el periodismo narrativo es necesariamente llegar mucho después, cuando ya pasaron todos.

Y ella llega después y permanece para desaparecer después. Escribe en Zona de Obras: “Sólo permaneciendo se conoce, y sólo conociendo se comprende, y sólo comprendiendo se empieza a ver”.

Su cuento es la puritita realidad. Mide, mira, calcula, subraya. Ofrece una pista:: “Quizás parte de la clave del periodismo narrativo es que, hablándonos de otros, nos habla, todo el tiempo, de nosotros mismos”

No es que sólo le atraiga la gente rara, los torturados, hay gente que le parece interesante, “gente común puesta en circunstancias extraordinarias”. Por ello “un desafío es contar la pobreza sin pietismo y narrar la riqueza sin –a priori- condena moral”.

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Leila se ocupa de los desdichados con la misma puntería que describe a las señoras ricas; al goce y al dolor. Al horror, también. Un ejemplo: “Esa tarde, toda la tarde, Amanda trajinó la casa escondiendo tijeras y cuchillos, navajas y horas de afeitar. Porque la vio mal –nerviosa, diría después- y sospechó: su hija, Eugenia, entraba y salía de los cuartos cerrando puertas con furia, los ojos dos ascuas vivas, y Amanda preguntaba: “¿Qué te pasa, Euge, por qué, por qué?”, más por calmarla que por esperar respuesta: hacía dos años que sabía por qué. Esa tarde de agosto de 2006, Eugenia, 15 recién cumplidos, furtiva como un gato, encontró al fin lo que buscaba: un filo. Entonces se encerró en el baño, se quitó la ropa y se hizo un tajo –hondo- en esa parte suya que la asquea: el sexo que lleva entre las piernas. El pene”.

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La mejor forma de denuncia es escribir bien. No somos iluminados ni tenemos una misión que cumplir en el mundo. Somos periodistas que contamos historias. Por ello, Leila Guerriero, escribe: “El periodismo equivale a alguna forma de la justicia cuando, en realidad, los periodistas no somos la justicia, ni la secretaría de bienestar social, ni la asociación de ayuda a la mujer golpeada, ni la Cruz Roja, ni la línea de asistencia al suicida. Contamos historias y si, como consecuencia, alguna vez ganan los buenos, salud y aleluya, pero no lo hacemos para eso, o no sólo para eso”.

Leila, lo aprendió: “El oficio que practico me enseñó a escuchar mucho y a hablar poco, a olvidarme de mi y a entender que todas las personas son su propio tema favorito”. También aprendió, acepta y hace:

  • Hay que aprender a vivir sin necesitar la mirada de los otros
  • Lo que hago es lo que más soy
  • Preguntar como quien no sabe, esperar como quien tiene tiempo y estar allí como quien no está.
  • Porque nunca pretendo ser amiga de quienes entrevisto. Porque no escribo para disgustarlos, pero sé que no tengo por qué escribir para que les gusté.
  • Si somos prudentes, si sabemos esperar, la gente, antes o después, dirá lo que tenga que decir. O no. Y entonces también nos habrá dicho alguna cosa.

Leila hace perfiles. Trabaja la crónica. Y entrevista a quien quiere, quizá . porque, dice: “Yo, que no obedezco nunca a nadie, obedezco a mis principios con sumisión arrebatada”.

–Hay alguien que te haya dicho no y te haya jodido?

– Hace poco, durante siete meses una persona me dijo no, pero hace dos semanas me dijo sí, pero durante los siete meses que me dijo no, me jodió, me jodió, me jodió.

Lelila corre pero cuando para, para. Tiene un anillo al que soba cuando escucha, que es casi siempre. Responde a todas las preguntas. También ríe. No va de guay, no va de moderna, creo que no va de nada. Pero sobre todas estas cosas, pregunta, pregunta y vuelve a preguntar. Y no saber la hace ser. Por ello busca, busca y vuelve a buscar.

Leila Guerriero es periodista, y no estudió periodismo. Hay quien lo estudió y no lo es; una profesión que –aunque se tenga el título- si no se ejerce es como fumar y no dar el golpe.

En mi caso no sé dónde aprendí periodismo, incluso no sé si lo que sé es periodismo, pero la pregunta no es dónde, sino con quién o de quién. En la universidad aprendí algo, más bien poco y mal, pero dos personas fueron fundamentales para hacer de ese poco, todo. Con estas dos personas reconocí lo ejemplar, que es cuando vale la pena copiar y repetir, untarse de eso que no es nosotros. Con el periodismo aprendí sobre la fugacidad; acepté que algo que lleva mucho y a veces todo dura como mucho un día, una hora o dos minutos.

También me enseñó el oficio periodístico que lo rápido lleva su tiempo, a callar si no se tienen las palabras, y a preguntar lo que uno desconoce pero también lo que uno cree; no hacer como que me gusta lo que rechazo pero tampoco a rechazar lo que no me gusta. Con el tiempo comprendí que el humor, la provocación o la sorpresa eran elementos constitutivos para la creación de un buen relato. Supe que la noticia como tal ya no cuenta, lo que cuenta es cómo se cuenta esa noticia. Nunca como ahora es necesario distinguir entre información, difusión y promoción. Quien informa desvela, denuncia y ofrece datos, quien difunde ofrece hallazgos, y quien promociona, sólo vende y no necesariamente cobra.

Con el periodismo supe que el error también puede ser una fórmula para el relato porque conlleva naturalidad, que suele ser lo más próximo a la verdad. Lo que cuenta, no es que hayamos estado, es CÓMO lo hemos contado. Y el CÓMO es la comida diaria de Leila Guerriero, periodismo que destila literatura.

 

“Zona de Obras”

Leila Guerriero.

Editorial: Círculo de Tiza.

1ª. Edición: Septiembre 2014.

Bombita en los Oscar. RELATOS SALVAJES, nominada.

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Ricardo Darín, qué es lo que más deseas en este mundo, le pregunté y dijo: “Creo que lo que más me gustaría en la vida, llegado a determinado momento, es decir pura y exclusivamente la verdad de lo que siento, sin medir ningún tipo de consecuencia, sin ser políticamente correcto, ni pudoroso, ni contemplativo, ni misericordioso. Me gustaría llegar a un punto en el que, amablemente, pueda decir exclusivamente la verdad, no sólo a los demás, sino decírmela a mí mismo también”.

Y entonces, quizá por ello, interpretó a Bombita, en Relatos Salvajes.

LA CULTURA EN LOS TIEMPOS DEL TWITTER. Influencia de las redes sociales en el periodismo cultural

Un reportaje de Gustavo Mota presentado en el Octavo Foro Internacional de profesionales de la comunicación y la información TVMORFOSIS, en el marco de la reciente Feria Internacional del Libro de Guadalajara FIL 2014, bajo el lema: “TV Everywhere, televisión en todas partes”. Un encuentro organizado por el Canal 44 de la Universidad de Guadalajara, con el apoyo de TV UNAM.

Jefes y redactores de las secciones culturales de los principales diarios digitales españoles declaran y analizan el impacto de las redes sociales en su labor informativa.

Un reportaje que responde a las preguntas:
¿Cuál ha de ser la conducta de un periodista en las redes sociales?

¿Hasta donde está la libertad del periodista y la injerencia de la empresa periodística en el uso de las redes sociales?

¿Las redes sociales han modificado la agenda informativa cultural?

¿Las redes sociales determinan nuevos contenidos culturales?

¿los nuevos medios digitales utilizan códigos deontológicos específicos para redes sociales?

¿Ha cambiado la función histórica del periodismo cultural con la aparición de diarios nativos online?

¿Cuáles son los principales errores de los periodistas en la utilización de redes sociales?

¿Cómo construye un periodista su reputación on line?

Participan en este reportaje:
PEIO. H RIAÑO: El Confidencial.com

KARINA SAINZ BORGO Vozpopuli.com

SILVIA HERNANDO. Infolibre. Com

PAULA CORROTO. Eldiario.es

JUAN MERODIO. Especialista en Social Media.

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ANDRES CALAMARO: “PUSE EN RIESGO MUCHAS COSAS PERO VOLVI A TIEMPO PARA RECUPERARLAS”

No es falsa vanidad, es sentido de ubicación; cuando sé es nadie al lado de alguien, dice y supone, los tamaños cobran la exacta dimensión: comparárse, ayuda, aunque no solucione, mucho menos, salve. Calamaro es un cangrejo cuando habla, un chico duro cuando calla. Sólo avanza cuando camina para atrás. Mira y vigila su espalda como si alguien le rondara, como si la respuesta estuviese siempre antes, en el pasado, en la última fila de todas las interrogantes, como si en la búsqueda de su consecuencia se cruzara su inspiración. Calamaro mira a los lados, es su forma de dudar.

GAEL GARCÍA BERNAL. HUMORES PERROS

EL NO DE GAEL

Mi primer encuentro con Gael que aquí se relata nunca fue publicado porque no tenía medio informativo donde difundirlo. Eso no impidió realizar la entrevista, aún a fuerza de mentir. Me planté e inventé que esa entrevista sería publicada en el portal MSN, el sitio web de Microsoft donde trabaja editando contenidos que no generaba yo. Tener delante a Gael y no preguntarle nada hubiera sido como negar un beso a quien has deseado y está dispuesto a aceptarlo. Este primer encuentro es un asalto a Gael, el segundo encuentro, ya soy invitado.

Los labios de Gael son un horizonte carnoso e inaccesible. Su nariz partida por la mitad combina con la cicatriz que parte su barbilla. La vena que huronea su cuello salta o se estremece dependiendo de la batalla que libre. Es petiso, expresivamente lampiño y la manzana que anuda su cuello perfila los costados de su belleza imperfecta. A Gael lo conocí en octubre de 2001, en la Plaza del Carmen, en Madrid, en el centro de un otoño, cuando presentó Y tu mamá también. La fama todavía no encharcaba su humilde aunque distante personalidad. Venía de Nueva York, entonces con 23 años de vida y dos de éxito internacional, gracias a su interpretación de Octavio en la película mexicana “Amores Perros”. Gael, parece, despierta asombro en quienes lo reconocen y morbo en quienes seduce involuntariamente. Los ojos brillantes y de fuego, al igual que su mirada felina son superiores a sus intenciones, perforan cualquier tipo de indolencia, pese a la normalidad apabullante que ejerce sólo con quienes conoce. A quienes desconoce los invita a un océano de indiferencia.

A Gael la prensa le aguardaba en el vestíbulo del cine Acteón, los promotores le escoltaban, mientras el turno caótico de entrevistas le y nos molestaba. La rueda de prensa ya había concluido y los medios de comunicación que habían pactado encuentro con los protagonistas seguían a la espera, mientras Gael y su amigo y actor Diego Luna, reían, jugaban, se secreteaban. Ambos, como si se hubieran salido de Y tú mamá también, igual de adolescentes y cuates, parecían un fotograma inseparable e indivisible, ajeno e impermeable para los otros. Entre el acomodo de cámaras y el caos por ordenar aproveché y embestí a Gael para pedirle que me contestara algunas preguntas. Me miró con superioridad, sus ojos buscaron refugio, su rostro entero se alargo apáticamente y bajo la ruina de verse sorprendido, respondió: “¿Ahorita?, es que no sé, me gustaría comer algo, tengo un poco de hambre”, dijo, sobándose la panza, dirigiéndose a la que le custodiaba, como rogándole que le salvara, un manantial que decía no, pero no del todo, con la pequeña obertura que rige la ambigüedad. Quizá comer algo le sentaría bien, supuso. La promotora le contestó que sí, que podría comer algo pero rápido, en lo que organizaba el turno de entrevistas. Para ese entonces y para ambos, yo había desaparecido, hablan de a dónde ir, cuánto tiempo, con quién, mientras yo testificaba la invisibilidad que les producía. El anonimato frente a la fama es como el agua y el aceite, pueden incluso tocarse pero no llegan a mezclarse. La aceitada fama de Gael y mi clara indefensión configuraba mi nulidad, una sensación parecida a cuando alguien va saludando y te salta. Mi cuerpo era eso, un brazo que se queda estirado, una mano que no se estrecha. Ante mi petición, embarrada en una contestación que no fue respuesta, reaccioné y me lancé, comentándole que cerca de ahí había una cafetería. Le propuse acompañarlo. Ante mi sugerencia no palideció, ni escupió, tampoco huyó, accedió pero con la boca torcida, arrepentido de haber mostrado su deseo frente a mí. A través de un “órale, vamos”, tan descafeinado como atorado, nos dirigimos al sitio bajo la tiesura de una atmósfera que empezábamos a compartir.

Los días de otoño nacen constipados, chorrean mocos, y transcurren disminuidos de cualquier intensidad, parecía que ese mismo aire soplaba a Gael, quien caminaba sin fuerza por el pasillo de aspereza que recorrimos hasta la terraza donde nos instalamos. Durante ese escaso recorrido me contestó como se responde a un cuestionario, cautivo de la desidia, sin mirarme, exhalando una solvencia casi pedante. Me hacía sentir parte de un trámite, una gripe en el segundo día de resfriado, algo, y no digo alguien, incómodo. Con más ganas de comer que de hablar inició aquel encuentro. Gael pidió acelgas y una botella de agua, bajo un aliento que recordaba insistentemente que me estaba haciendo un favor, con suspiros litigantes de hartazgo y de estar. Fatuo, Gael respondió a la pregunta: ¿Te imaginas la vida real como en la película Amores Perros? “Pues claro que no, por supuesto que no, no entiendo tu pregunta, ¿tu eres mexicano, no?, entonces por qué me preguntas eso”, pleiteó nada más empezar. Gael, me doy cuenta, está más bueno que el pan pero más lejano que el limbo. Arrodilla con su mirada pero desvanece en una asepsia que le impide ser próximo, sólo circunda en su impermeabilidad, como si en la desaparición cifrara su existencia. Pese a ello, quizá por la mirada que empezaba a odiarle, prosiguió: “No me ubico en ninguna de las historias que plantea la película, porque son innumerables las riquezas y las carencias de México. Ahí cada quien vive un país distinto. Son tres historias en una ciudad de veinte millones de habitantes, de un país de cien millones y en ese sentido la gente vive, sufre y goza de mil maneras distintas. Las limitaciones y posibilidades de México se ven en cada momento, a lo largo de todo el día, nada más hace falta escuchar y ver lo que hace el presidente para darse cuenta de la ironía en la que se vive, sólo basta con salir a la calle y ver que en México, en todo acto de muerte, hay un acto de vida, al mismo tiempo y a diario”, me aclaró Gael, con apretujada benevolencia.

Gael, con la panza llena empezaba a crecer, sus respuestas iban alargándose, sin embargo, su semblante sólo le permitía bostezar. En la segunda pregunta noté que el plato de acelgas era más atractivo que mis preguntas y que sus colmillos largos a la hora de sonreír iban a ser negados para mí, como si intentase con su apatía conjurar mi extenuación. Así, sin cambiar, continuó con la acotación precisa de unas respuestas sin alma para decir que se reconocía mexicano pero que no iba con esa bandera; Que era de Guadalajara y eso lo hacía único pero al igual que todos, ya que todos somos únicos, obviedad que se agrandó cuando advirtió que la gente es primero gente y después tiene pasaportes. La experiencia de haber salido de México durante un tiempo, cuatro años en Londres, la calificó como muy saludable. Gael, parecía más noble cada vez que desdeñaba, parecía más joven tanto más obraba como un hombre resuelto, sobrado de si mismo: “Salir de tu círculo siempre es bueno y es lo que todo mundo debería de hacer, sobre todo a esa edad, a los 17 años. Uno sale para intentar descubrir la vida y darse cuenta que hay otras maneras de vivirla”. Gael siguió tragando al natural, desfachatado, como un rebelde distante. Bajo la apariencia de un porte exangüe se acomodaba en su silla con un gesto de tolerancia, pretendiendo ser una única forma, un hombre que eleva su discurso por encima de los hombros del mundo. Pese a todo, me empezaba a gustar que no intentase caer bien, quizá tenga que ver con la dosis de masoquismo de quien se enfrenta cotidianamente al desdén. El no te preocupes, el como quieras, o el que padre, tan balsámicos como mexicanos, tan abismales como insondables, no los utilizaba, optaba por el pergamino rugoso de ser tal cual, una forma seca e indiferente que intentaba alejar de él todas las formas que se le acercaran.

Gael, empezó a mojarse cuando bebió de su agua y habló sobre la interpretación, volviéndole menos frío, el cielo culposo del otoño regalaba un rayo de luz que parecía le robaba parsimonia, dejaba de ser un pan sin sal para ser un actor que le va la vida cuando le preguntan por su trabajo: “Yo creo que donde se nota la importancia de la interpretación es en los distintos respetos que existen por la actuación. En Inglaterra se valora lo difícil que es hacer teatro. En cambio en México creo que hay una falta de respeto no sólo a la actuación sino al prójimo en general. Uno discrimina labores como las de albañil, las de barrendero, los que limpian los excusados. Lo que ha sucedido tradicionalmente en México es que ponen actores muy buenos, fabulosos, con actores de frascos de probeta y eso ha desprestigiado mucho la labor de los que realmente son actores. Además de que la mayor tradición de interpretación en México ha sido y siguen siendo las telenovelas. Y a esto le podemos sumar que existe un circuito teatral muy pequeño, además de que ahora está muy desprestigiado, muy desvalorado, y muy, muy, caduco. En el caso argentino, por ejemplo, hay una gran explosión de teatralidad y yo creo que eso es influencia directamente inglesa. La gente en Inglaterra va al teatro una vez por semana, de cualquier clase social, porque entienden que es un elemento muy importante para la educación. De los países de habla hispana Argentina es donde mejor calidad hay, donde más producción teatral existe”. En la tibieza del acento de Gael percibo la neutra reacción que le genera responder, quizá porque no intenta convencer ni asombrar, es como un viento que mueve las hojas por el sólo hecho de existir, como si estar le bastara.

Y TU GAEL TAMBIÉN

De los males que atrapan a México y que la película Y tu mamá también aborda es la incorporación del clasismo en la sociedad. Gael, lo tiene claro: “En México es tan fuerte el clasismo que podríamos hablar de castas. Respecto a mi papel en la película es un personaje que es muy cercano a mí, a mi biografía, al contexto social que yo vivía. Julio, el personaje de la película pertenece a un circuito, por cierto, en extinción, que es la clase media, ahora los ricos son más ricos y los pobres son más pobres. Sé lo que es naco (hortera) y sé lo que es pirruris (pijo) y sé cuando se utiliza en cada caso, si es para agredir o si es para bromear, o si es, como suele ser, un signo de clasismo. En México, todos somos víctimas de ello y al mismo tiempo lo reproducimos desde nuestro espacio en la sociedad. Y justo este hecho es lo que aborda la película, muestra cómo intervienen las etiquetas clasistas para enriquecer o dañar una relación de amistad o de amor”.

Gael, finaliza esta conversación confesando las emociones que uno puede experimentar una vez que vio Y tu mamá también: “Te dan ganas de conservar a tus amistades. Te das cuenta de que hay esperanza, porque hay un gran amor y hay una absoluta pureza, y concluyes que lo triste es no perdonar. Entre amigos se puede hacer mucho daño, porque sabes cómo es el otro. Lo malo es cuando descubres en ti partes que rechazas. En este sentido, lo peor y más fuerte de la película, es que en la amistad se utilicen etiquetas, en este caso etiquetas de clase, y ahí es cuando se vuelve irreconciliable el conflicto”.

Gael, calla. Me estrecha la mano y de pie, agradece al camarero, diciéndole: “Oye mano, muy buena la ensalada”. Para despedirnos le regalo el libro “El último encuentro”, de Sandor Marai, advirtiéndole, “te lo doy porque es una obra que narra ese territorio sagrado que es la amistad”. En la primera página le escribo mi nombre y correo electrónico. Al dárselo fue el único momento en que me sonrío, y entonces dijo “Gracias carnal, que buena onda”. Nunca me escribió, nunca supe si lo leyó, no sé si Gael García Bernal tenía Internet en octubre de 2001. Tampoco lo sé ahora pudiéndoselo preguntar, porque cuando han pasado doce años y es el año 2013, y es febrero y es Madrid, es Gael García Bernal de nuevo, ahora presentando la película chilena NO. Esta vez con más fama y menos ínfulas; con el mismo peso, la misma altura, los mismos ojos, el mismo cabello, mirando a los ojos y respondiendo a todo. Empieza la entrevista para televisión y dice: “Oye, un favorzote, ¿durante la entrevista te importa no hacer fotos?, es que me distrae el obturador” – Pide al fotógrafo, y lo hace sonriendo, casi en voz baja, como se escuchan los ruegos.

¿Qué cosas más te distraen? -pregunto

“El Internet me distrae mucho, o sea directamente, cuando tengo que checar mails o moverme por Internet, no puedo hacer otra cosa”. –Contesta, mientras despierta asombro en quienes lo reconocen, y morbo, en quienes seduce involuntariamente, porque hoy todas las formas se configuran en torno a Gael. Hoy dice sí a todos, para hablar de “No”. Gael García Bernal está en Madrid, en los cines Golem, frente a la librería 8 y medio especializada en cine, y nosotros tenemos ocho minutos para la entrevista con él; un encuentro a fuego rápido, con las preguntas como disparos.

¿A qué dices no?

“A muchas cosas, de hecho es la primera palabra que uno aprende en la vida. El “no” te da identidad, la identidad negativa. Aquello a lo que te opones es lo que te hace ser. En mi caso me cuesta más decir sí, porque el sí es un acto de vulnerabilidad”.

Gael está tranquilo. No cuenta los minutos que la organización agota, pelea, lucha, intenta multiplicar, porque la prensa en España está al completo, le rodea, le espera, lo sacude, le exprime. Pero él sigue diciendo sí para hablar de “No”

¿Podrías trabajar con alguien radicalmente opuesto a tu ideología?

“Mira no sé”. -Se queda pensando, se columpia en un silencio que le hace parecer profundo. Hay preguntas cuyas respuestas son más lentas cuando tienen que ver con la conciencia. Después de la pausa, dice: “Es una pregunta que tiene que ver con los escrúpulos, depende del contexto, pero creo que no, creo que no podría. No podría trabajar con alguien tan opuesto a mí ideológicamente, tendría que haber otras razones, las que importan, es decir, el cariño, el amor, la lealtad; con alguien ideológicamente opuesto a mí creo que no podría trabajar, es decir, no podría trabajar con un facho, me costaría mucho… que poca apertura la mía, ¿no?” –aclara, con una sonrisa que toca la ironía. Sigue tranquilo Gael. Colabora. Está sereno y sentado, y sólo toma agua en el intervalo de cada entrevista. Sus gafas lo acompañan pero no las usa. La taza que hay encima de la mesa delata que ha tomado café, café que no le ha alterado, es un ser sereno, se ha hecho un adulto que mira, contesta, toca, huele, sonríe y estrecha la mano con la serenidad de quien hace lo que le hace ser.

¿México ha vuelto a la dictablanda?, ¿por qué el regreso del PRI?

Gael se echa para atrás, se tumba sobre el respaldo, juega con sus pies que le quedan colgando: “El PRI funcionaba en torno al terror, cuando yo era niño me acuerdo perfecto, en el 88 había una sensación como de miedo y odio. Ahora vivimos otra época completamente distinta en Latinoamérica, más allá de si ha cambiado o no el PRI, que ese es otro tema de discusión, la sociedad es la que ha cambiado muchísimo. Es decir, la posibilidad de un régimen absolutista en América Latina es cosa del siglo pasado. La discusión política que tenemos a nivel familiar, a nivel social, es mucho más sofisticada que la que se da en el gobierno. Siento que desde la sociedad podemos cambiar muchísimo más las cosas. Yo siento que la ciudad de México está viviendo uno de los mejores momentos que ha tenido en su historia. Hay una sensación de orgullo de poder cambiar las cosas”. Aclara, hablando de ese continente que es México y Chile, y que para España resulta una aproximación. El estreno de la película No en Madrid, en la sala donde se proyecta para la prensa, hace que un acento (el chileno interpretado por Gael) genere risa cuando debiera ser silencio. La prensa española frente al “NO” ríe cuando debiera callar y habla cuando debiera sólo mirar. No se entiende o acaso es que no nos reímos de lo mismo.

¿Qué dictadura vive México?

Antes de contestar, un silencio para un matiz; una pausa para un pensamiento:

“Mas bien la amenaza de dictadura que vive México, -que creo que estamos haciendo todo lo posible por purgarla-, es la del miedo; la del miedo a este fenómeno insoportable de la guerra contra las drogas y de los miles de muertos que hubieron en el sexenio pasado. Esa situación ha causado un miedo imperante en nuestro discurso del día a día, y ese miedo genera falta de comunicación, entonces, por ende, no hay esperanza, desconfiamos el uno del otro, y creo que esa puede ser una dictadura”

Ha vuelto el PRI. ¿Esto obedece al miedo?

No lo sé, no lo tengo muy claro. –Aclara y cierra con la pequeña obertura que rige la ambigüedad, y que la dibuja con una sonrisa que suena a carcajada. Ambos y todos sabemos de los que hablamos cuando reímos.

Concluye la entrevista, han pasado doce años desde que lo asalté aquella primera vez. Gael me parece ahora más cauto y sin presunción, lo mueve una fama a la que no le hace caso, quizá por temor a tropezar. Hoy su sonrisa es trastienda para su timidez.

Y pienso en estos dos tipos de encuentro, uno imprevisto y el otro pactado y me pregunto: ¿Un periodista sin medio es un cirujano sin bisturí? Estudiando periodismo escuché a un profesor decir: “En el momento en que no tienes un medio donde publicar dejas de ser periodista”. Y en cierto sentido era verdad, aunque hoy es distinto gracias a las redes sociales donde todo mundo puede ejercer, sea o no, periodista. El hambre por la información, como el juramento hipocrático de los médicos, no depende de los medios que se tenga para ejercer la profesión. Un médico es las 24 horas del día independientemente de que tenga o no un hospital o un consultorio donde trabajar, y un periodista debiera serlo también, con o sin medio, de día y de noche. Sin más requerimiento que una libreta y un bolígrafo. Si tu oficio depende de los medios es que no era tu oficio, o es que ha dejado de serlo, lo cual no está mal. Pero en casos donde el reportero es un sabueso, no hay otra que oler y cazar, aún mintiendo lo que haga falta si es para conseguir un cacho de verdad.

DE NO, A SÍ