ANDRES CALAMARO: “PUSE EN RIESGO MUCHAS COSAS PERO VOLVI A TIEMPO PARA RECUPERARLAS”

No es falsa vanidad, es sentido de ubicación; cuando sé es nadie al lado de alguien, dice y supone, los tamaños cobran la exacta dimensión: comparárse, ayuda, aunque no solucione, mucho menos, salve. Calamaro es un cangrejo cuando habla, un chico duro cuando calla. Sólo avanza cuando camina para atrás. Mira y vigila su espalda como si alguien le rondara, como si la respuesta estuviese siempre antes, en el pasado, en la última fila de todas las interrogantes, como si en la búsqueda de su consecuencia se cruzara su inspiración. Calamaro mira a los lados, es su forma de dudar.

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JOAQUÍN SABINA, mi enfermedad

Joaquín Sabina y Gustavo Mota

Joaquín Sabina y Gustavo Mota

¿Quien me abraza esta noche, en 26, en junio, en Madrid?

El que me robó el mes abril. Con Sabina uno puede beberse todas las noches y sin pasar de los veinte cruzar los cuarenta. Lo vi y se atoró la lengua en los tambores de mi corazón. Sucedía por fin, pongamos que hablo de Joaquín. Me miró, enjutó sus famas y con la dama educación correspondió. Mis manos, un sudor atolondrado. La madrugada, sin amargura. Los polvos que no echamos, hechos con amor.  

El primer síntoma apareció en el palacio de los deportes del DF, con kilos de más las ganas, con años de menos las canas y él con mucha, mucha policía cortaba las arrugas de su garganta y, también, las noches de mi mal.  El segundo síntoma apareció verde, sin freno, a cien, sin pagar, donde la última y  nos vamos empezaba a ser  una bebida nunca de más, sobre todo si lo que se escuchaba era conductores suicidas. El sarpullido apareció como baile, y la comezón como lágrima cuando el hombre del traje gris empezaba a asaltar  las noches con desayuno incluido. Dando las diez y las once y las doce y la una y las dos y las tres, quise conocer Tirso de Molina, Sol, Gran Vía, Tribunal. Con los primeros granos que aparecieron comprobé las puertas que niegan lo que esconden. Era Madrid, era de madrugada, era de ron y era su letra de piel partida. La alarma apareció cuando durante la noche no había dios que me acostara, entre la cirrosis y la sobredosis, y entre medias Ángel González, bajando en Atocha.

Llegué para vivir en un sitio que conocí a través del oído, berreándolo. Me convertía en fugitivo, huía, acaso buscando el primer bálsamo para los primeros síntomas. Yo, mi, me, contigo, fueron ronchas de madrugada que descubrí sin buscar, sólo rascaba, rasgaba, me hacía sangre. En Galileo Galilei lo vi por primera vez, en el bendito barrio de Chamberí, el primer enfrentamiento. “No me preguntes eso cuando acabo de sacar un disco”, me dijo, díscolo, sin afeitar, con la sinceridad que nunca es grosera si es defensiva. Qué haces con tu dinero, fue la pregunta que lancé y grababa en mi mp10, una grabadora del siglo pasado. Chavela estaba ahí. Sentadita, tan ranchera, tan tras bambalinas, tan yo soy así, tan yo soy esta. Antes, Esta boca es mía, en la Narvarte defeña, hacía bailar la soledad de un mundo descalabrado, en declive, ladeado. Después de los años, en invierno, yo lo abracé, le dije llevo quince años esperando este momento, sonrió sin mirarme, uno más, pensé que decía. Hasta que el día en que tú y él no os vayáis de cañas el mundo no podrá ir bien, me lo dijeron hace diez años. Van quince, y el mundo sigue mal pero no tan peor. El maestro, acuñé. Una noche de atocha es la antorcha que nace con los méxicos que atormentan y con los buenos aires que matan. Una forma que me hace daño de tanto, de tan mucho, de tan imposible, de tan tanto. Joaquín bebe de un vaso que podría ser de whisky o vino blanco, o cerveza (el amarillo tenue siempre imposibilita que sea sólo agua). En su mano el cigarro de plástico lo soporta momentáneamente hasta que el mando de la adicción le conduce a la verdad, al tabaco sin mentiras, y entonces sin alquitranes en la risa.

Como una oruga que regala una rosa me acerqué arrodillando el tono de mi voz: “Joaquín te puedo hacer un par de preguntas… o si lo prefieres…” me cortó, dijo sí, claro, dime, con sus ojos enganchados en los míos, y su garganta desdichada rasgando la felicidad, con los labios sin pena y sus cejas sin orden ni dueña. En Joaquín su tejado es carcajada, responde cuando el humo es humor, y la vuelta es una glorieta hecha de risas. Esta noche, en 26, en Junio, en Madrid, quien me abraza es él. Carcajadas que median la dicha. Grados de más que suman la amistad.