Luis García Montero, un candidato poeta!!! de Izquierda Unida a la Comunidad de Madrid

LUIS GARCÍA MONTERO. Conciencia y palabra

Supe de él porque a Joaquín Sabina le salvó escribiéndole una poesía que después fue canción, Nube negra, la más clara y más luminosa, también más canalla, ante enfermedad cualquiera. Lo primero que vi del poeta fue su voz, después su mirada, y finalmente su aparente desarreglo que suele arreglar cualquier imperfección.

Luis García Montero escucha pensando en lo que escucha o recordando lo que pensó. Habla con la mirada y con la mano, deja que el tiempo ocupe su lugar, necesita del reposo porque lo que viene es palabra. Explica, como si aconsejara, responde como si pidiera. Aparenta una edad indefinida, en todo caso más joven. Arrugada su ropa, como el sabio que se distrae ante un detalle por descifrar, su atención no está en la apariencia, está en el túnel que debe recorrer una palabra hasta transformarse en habla.images-1Algunas de sus definiciones:

Pudor:
“En el ejercicio de la escritura, el saber borrarse uno mismo, borrar parte de lo anecdótico, ahí es donde entra el ejercicio de pudor”

Silencio:

“La poesía es un buen medio para afrontar con conciencia y lentitud el tiempo actual y trepidante que vivimos. Frente al bullicio, para que la palabra sea posible, hay que ordenar las cosas a través del silencio. Para mí el silencio no es una verdad anterior al propio lenguaje, ni es como una esencia mítica anterior a la historia, sino que es la voluntad histórica de construir con palabras una realidad, una meditación, un mundo, y para eso con lo que uno tiene primero que acabar es con los ruidos”.

Vista cansada:

“La vida, para que nos vamos a engañar, también pasa factura; ilusiones de todo tipo: literarias, amorosas, políticas, pues van cansando el corazón. Pero a mí me gusta siempre mantener una apuesta optimista, si yo quiero seguir viviendo no es para estar ciego, en ese sentido me voy al oculista, me pongo gafas y puedo leer y mirar la realidad con claridad y en ese sentido reconocer que uno tiene la vista cansada es también una apuesta por el futuro; tomar conciencia del pasado pero ponerse gafas para seguir mirando al futuro”.

Nostalgia:

“Serenidad es una buena palabra, no me gusta la nostalgia que es como una cárcel, que te fija o te aprisiona en un tiempo pasado, pero sí me gusta el conocimiento de la historia, porque uno tiene un pasado y uno opina desde su pasado, y en ese sentido el conocimiento de la historia lo que puede ofrecer es serenidad. La serenidad la da el paso del tiempo, y la conciencia”.

Ángel González. Poeta, amigo y personaje de su novela Mañana no será lo que Dios quiera:

“Muchos de los recuerdos de Ángel reelaboraban la realidad, no se ajustaban a la realidad, él podía contar una historia sobre su padre y después los Archivos municipales de Oviedo se empeñaban en llevarle la contraria, y me di cuenta que la memoria de todos es un género de ficción. Él estaba marcado por la ejecución de su hermano; él estaba marcado por algunos sacrificios y humillaciones que tuvo que soportar su madre, y el anciano vivía, revivía como si fuese parte de su presente, la historia del pasado, y reflejaba lo pequeño que se hace uno cuando crece. Le gustaba hablar de las cosas importantes en voz baja, no le gustaba lo grandilocuente, el patetismo del sentimentalismo cursi. Ángel decía que el verdugo sólo se sale con la suya cuando consigue transformar el carácter de la victima, cuando lo condena al odio, a la obsesión, a la venganza”.

Memoria:
“Yo soy partidario, en primer lugar de limpiar las heridas; las heridas cicatrizan mal si no se limpian, y si uno no reconoce que está herido”.

Objetos:
“Aquellos objetos que no me gustaría perder, que constituyen una geografía de lo doméstico. Aunque tampoco sé exactamente todo lo que tengo. Porque vivimos en un mundo de usar y tirar, y no sólo objetos, sino también a las personas, a las ideas; no hay valores sólidos, todo está en constante cambio y parece que lo importante sólo está en las modas y no en los valores. El sentido de la acumulación esconde un fondo de avaricia muy grande. Cuando Juan Ramón Jiménez llegó a Nueva York se sintió fascinado pero pensó: la sociedad corre el peligro de crecer mucho a lo ancho, de crecer mucho a lo alto, pero no crecer por dentro”.

Hasta aquí esta especie de diccionario “garciamonteriano”. Se percibe que son definiciones, no respuestas a las preguntas realizadas, todas, presupongo, ya antes escritas por Luis García Montero, quien, seguro, es otro cuando es otra la situación. Todas estas respuestas (definiciones) me las ha ido soltando el escritor en las distintas presentaciones (promociones) de sus libros: Mañana no será lo que Dios quiera (2009), Un invierno propio (2011), Una forma de resistencia (2012).

Sobre las preguntas y las no respuestas hay que aceptarlo, a veces, por mucho esfuerzo que uno haga para sacar al entrevistado de su circuito de promoción, no lo consigue. Luis García Montero responde desde lo que ya reflexionó y configuró previamente. Son pensamientos e ideas que han sido fabricadas a priori y que suelta durante la entrevista, no como una respuesta natural y espontáneamente, sino como el recuerdo de lo que  piensa. Es como una cinta, como un guión aprendido. Porque la parte mala de las promociones tienen eso, que se suele preguntar sobre lo mismo al mismo. Y en mi caso que llego cuando ya pasaron todos, es mucho más complicado, porque el entrevistado ha sido presa de ese estado repetido que crea un hecho promocional. O acaso, en el caso de García Montero, es que recurre a lo que ya escribió, a lo que confeccionó a través de horas de concentración y por ello, la improvisación, el arranque natural ante una interrogante, no lo ejerce, por temor, o como una forma precavida ante cualquier posible brote de sinceridad y/o brutalidad. La naturalidad, quizá lo sabe y por ello se protege, tiene sus riesgos: ser como no desea ser.

En su libro Mañana no será lo que Dios quiera, escribe: “El que sabe escuchar atiende a las palabras con el gesto, con los ojos, con las manos, con los labios, y convierte su silencio en un acto de respeto y amor, en una forma de cuidar a los otros, de entenderse, de esperar… porque saber decir no es exactamente lo mismo que saber hablar”. Quizá de ahí los silencios prolongados de Luis a la hora de responder, quizá de ahí su respuesta como pensamiento, su dicho (aprendido) como habla. Porque sí: no es lo mismo contestar que responder. Y García Montero no responde, contesta pensando en lo que pensó. Y con él siempre me queda la sensación: Me estas contestando pero no respondiendo. Pero ese es el poeta en las entrevistas. Me consta que es otro cuando ha sido otra la situación. Alguna vez, pasado el tiempo, entre entrevista y entrevista, me lo topé en Casa de América. Me reconoció y se dirigió a mi de una forma desprevenida, sin ningún tipo de filtro. Me saludó abrazándome, con dos besos, y con una palmada en la nalga, me preguntó: ¿Qué tal va todo?

García Montero, el novelista, ensayista y poeta, también es otro y también, me consta, no sólo contesta, también responde a los correos y a los pedimentos. Cuando lo invité a presentar mi documental sobre Fogwill, respondió y me dijo que sí, me dio opciones de fechas e incluso ayudó para que fuese presentado en la Casa de América. Al final por un tema de fechas no fue posible que él lo presentara. Sin embargo, guardo el sí de García Montero como un acto que refleja lo mejor de alguien: cuando hay que responder, responde. Ojalá, también y ahora, como candidato a la Presidencia de la Comunidad de Madrid.

JOAQUÍN SABINA, mi enfermedad

Joaquín Sabina y Gustavo Mota

Joaquín Sabina y Gustavo Mota

¿Quien me abraza esta noche, en 26, en junio, en Madrid?

El que me robó el mes abril. Con Sabina uno puede beberse todas las noches y sin pasar de los veinte cruzar los cuarenta. Lo vi y se atoró la lengua en los tambores de mi corazón. Sucedía por fin, pongamos que hablo de Joaquín. Me miró, enjutó sus famas y con la dama educación correspondió. Mis manos, un sudor atolondrado. La madrugada, sin amargura. Los polvos que no echamos, hechos con amor.  

El primer síntoma apareció en el palacio de los deportes del DF, con kilos de más las ganas, con años de menos las canas y él con mucha, mucha policía cortaba las arrugas de su garganta y, también, las noches de mi mal.  El segundo síntoma apareció verde, sin freno, a cien, sin pagar, donde la última y  nos vamos empezaba a ser  una bebida nunca de más, sobre todo si lo que se escuchaba era conductores suicidas. El sarpullido apareció como baile, y la comezón como lágrima cuando el hombre del traje gris empezaba a asaltar  las noches con desayuno incluido. Dando las diez y las once y las doce y la una y las dos y las tres, quise conocer Tirso de Molina, Sol, Gran Vía, Tribunal. Con los primeros granos que aparecieron comprobé las puertas que niegan lo que esconden. Era Madrid, era de madrugada, era de ron y era su letra de piel partida. La alarma apareció cuando durante la noche no había dios que me acostara, entre la cirrosis y la sobredosis, y entre medias Ángel González, bajando en Atocha.

Llegué para vivir en un sitio que conocí a través del oído, berreándolo. Me convertía en fugitivo, huía, acaso buscando el primer bálsamo para los primeros síntomas. Yo, mi, me, contigo, fueron ronchas de madrugada que descubrí sin buscar, sólo rascaba, rasgaba, me hacía sangre. En Galileo Galilei lo vi por primera vez, en el bendito barrio de Chamberí, el primer enfrentamiento. “No me preguntes eso cuando acabo de sacar un disco”, me dijo, díscolo, sin afeitar, con la sinceridad que nunca es grosera si es defensiva. Qué haces con tu dinero, fue la pregunta que lancé y grababa en mi mp10, una grabadora del siglo pasado. Chavela estaba ahí. Sentadita, tan ranchera, tan tras bambalinas, tan yo soy así, tan yo soy esta. Antes, Esta boca es mía, en la Narvarte defeña, hacía bailar la soledad de un mundo descalabrado, en declive, ladeado. Después de los años, en invierno, yo lo abracé, le dije llevo quince años esperando este momento, sonrió sin mirarme, uno más, pensé que decía. Hasta que el día en que tú y él no os vayáis de cañas el mundo no podrá ir bien, me lo dijeron hace diez años. Van quince, y el mundo sigue mal pero no tan peor. El maestro, acuñé. Una noche de atocha es la antorcha que nace con los méxicos que atormentan y con los buenos aires que matan. Una forma que me hace daño de tanto, de tan mucho, de tan imposible, de tan tanto. Joaquín bebe de un vaso que podría ser de whisky o vino blanco, o cerveza (el amarillo tenue siempre imposibilita que sea sólo agua). En su mano el cigarro de plástico lo soporta momentáneamente hasta que el mando de la adicción le conduce a la verdad, al tabaco sin mentiras, y entonces sin alquitranes en la risa.

Como una oruga que regala una rosa me acerqué arrodillando el tono de mi voz: “Joaquín te puedo hacer un par de preguntas… o si lo prefieres…” me cortó, dijo sí, claro, dime, con sus ojos enganchados en los míos, y su garganta desdichada rasgando la felicidad, con los labios sin pena y sus cejas sin orden ni dueña. En Joaquín su tejado es carcajada, responde cuando el humo es humor, y la vuelta es una glorieta hecha de risas. Esta noche, en 26, en Junio, en Madrid, quien me abraza es él. Carcajadas que median la dicha. Grados de más que suman la amistad.