El silencio y la pausa

Cuando terminé de leer “Mañana no será lo que dios quiera”, del poeta Luis García Montero, le escribí lo siguiente:
“Voy en un tren. Me acuna el balanceo constante del tren de cercanías. Me cobija el sol de verano que obliga a la desnudez, acaso sólo para decirte cuanto pesa un llanto que brota de algo interno e intenso, pleno, sin media. Tus palabras revelan mucho más que ayer, cuando no comprendí todavía que en un rumano -camarero y silencioso-, puede concentrarse la vida entera de quien nos dejó. Después de leerte, comprendo que también hay amigos de separación imposible”.
Releo esto y apareces tú, cuando los silencios empiezan a ser más llenos de la cuenta. Es martes y es mes, es más pasado y más pesado. Pasa tan lento que cansa más. Es día dos, es martes, otra vez las siete y media, la hora definitiva en que volvemos a encontrarnos, a estar juntos. Está nueva vida nace contigo cada vez que te miro, y ambos, los dos, en silencio y fumando. La serena compañía del recuerdo nos lleva, y seguimos andando con la totalidad que sale de tu voz.

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