Agosto en Madrid

Madrid, fantasma

Madrid, fantasma

En Agosto no hay heridos, ni accidentados, ni moribundos. Acaso los haya pero esperan a septiembre para acudir con urgencia al hospital. Las ambulancias que llevan la vida en vilo, en agosto, en Madrid, descansan. Imagino la cantidad de ancianos solos y deshidratados, boquiabiertos, hechos cáscara, sin nadie quien les socorra porque todo dios, incluso Dios, está en el pueblo, en la playa o como mucho en el caribe a dos por uno. Hoy, ya septiembre, he vuelto a escuchar las ambulancias que vuelven de vacaciones y vuelan con su sirena ruidosa debajo de mi balcón.

En Agosto los motores de asfalto madrileño hierven la siesta veraniega de la península soporífera. Las tres de la tarde de la Gran Vía que ni es grande ni es vía aparece como una figura fantasmal, sin gente, y con un sol que quema semáforos, calvas, glorietas, tiendas, pasos de cebra y prisas sin brisa. Los únicos seres humanos son turísticos seres que no se enteran que los cuarenta grados pueden dorar y matar.

Las bermudas con sandalias muestran al desnudo los vellos bellos de axilas y piernas, las pieles de gotas de sudor citadinas, que pasean bajo la promesa cierta de una urbe que huyó a los benditos Benidorms con paella y rutina incluida. Mientras, en Madrid, las verbenas santorales de agosto hacen su agosto con calimochos de Don Simón, la mejor tentativa para partir las noches y hacerlas mas largas, desnudas y en vela. Los Santitos Santiagos, San Lorenzos, Palomas, Fermínes, Almudenas, son pilares de pilaricas y manolos en fiesta que bailan la crisis repetida, que pese a tener las carteras vacías, salarios cortos, hipotecas en romojo, deudas en los cuellos, letras impagadas, y lamentos económicos, cantan los versos de una sevillana que vuelve al “jode que caló”

Los veranos de la villa son de ricos. Espectáculos a precios imposibles, por ello, la piscina pública es mar mediterráneo en Chamberí. Los autos son pájaros y los pájaros son hojas verdes, redondas, con pies que son frutos y tallos que son de sol. En verano las horas son olas, las noches atardecen a las diez de la mañana, las terrazas son tazas donde el café es vino y el tinto es blanco. Las letras son de sal, los apetitos de agua, las ensaladas abrigos de medio día, las siestas benditas y sudorosas. En verano se fuma menos para beber más, se duerme menos para estar más despierto, se sonríe porque es inevitable, porque los ojos son flores y la arena es de asfalto. El silencio del verano no ensordece porque es una pausa que huele, un acorde que acuerda, una marea que está siempre formándose. Los veranos debieran ser leyes, normas, jurisprudencias que ahuyenten a la prudencia. El verano calienta, tanto y tan bien que no hace falta ropa si no es de piel. Los días son anchos y el tiempo se hace corto porque corta cualquier indiferencia. Las horas sudan sabiendo que son hermosas porque tienen final, y en este caso, final se llama septiembre.