11 AÑOS DEL 11 M o el olvido como brutalidad

Han pasado 11 años del atentado en Madrid aquel 11 de marzo. Ha pasado el tiempo y sigue de actualidad, porque las heridas no sanan mientras no se cigatrizan, tal como lo refleja el documental Un invierno Propio, de Sebastián Arabia, y con Pilar Manjón como protagonista. Testimonio de aquel horror.

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Luis García Montero, un candidato poeta!!! de Izquierda Unida a la Comunidad de Madrid

LUIS GARCÍA MONTERO. Conciencia y palabra

Supe de él porque a Joaquín Sabina le salvó escribiéndole una poesía que después fue canción, Nube negra, la más clara y más luminosa, también más canalla, ante enfermedad cualquiera. Lo primero que vi del poeta fue su voz, después su mirada, y finalmente su aparente desarreglo que suele arreglar cualquier imperfección.

Luis García Montero escucha pensando en lo que escucha o recordando lo que pensó. Habla con la mirada y con la mano, deja que el tiempo ocupe su lugar, necesita del reposo porque lo que viene es palabra. Explica, como si aconsejara, responde como si pidiera. Aparenta una edad indefinida, en todo caso más joven. Arrugada su ropa, como el sabio que se distrae ante un detalle por descifrar, su atención no está en la apariencia, está en el túnel que debe recorrer una palabra hasta transformarse en habla.images-1Algunas de sus definiciones:

Pudor:
“En el ejercicio de la escritura, el saber borrarse uno mismo, borrar parte de lo anecdótico, ahí es donde entra el ejercicio de pudor”

Silencio:

“La poesía es un buen medio para afrontar con conciencia y lentitud el tiempo actual y trepidante que vivimos. Frente al bullicio, para que la palabra sea posible, hay que ordenar las cosas a través del silencio. Para mí el silencio no es una verdad anterior al propio lenguaje, ni es como una esencia mítica anterior a la historia, sino que es la voluntad histórica de construir con palabras una realidad, una meditación, un mundo, y para eso con lo que uno tiene primero que acabar es con los ruidos”.

Vista cansada:

“La vida, para que nos vamos a engañar, también pasa factura; ilusiones de todo tipo: literarias, amorosas, políticas, pues van cansando el corazón. Pero a mí me gusta siempre mantener una apuesta optimista, si yo quiero seguir viviendo no es para estar ciego, en ese sentido me voy al oculista, me pongo gafas y puedo leer y mirar la realidad con claridad y en ese sentido reconocer que uno tiene la vista cansada es también una apuesta por el futuro; tomar conciencia del pasado pero ponerse gafas para seguir mirando al futuro”.

Nostalgia:

“Serenidad es una buena palabra, no me gusta la nostalgia que es como una cárcel, que te fija o te aprisiona en un tiempo pasado, pero sí me gusta el conocimiento de la historia, porque uno tiene un pasado y uno opina desde su pasado, y en ese sentido el conocimiento de la historia lo que puede ofrecer es serenidad. La serenidad la da el paso del tiempo, y la conciencia”.

Ángel González. Poeta, amigo y personaje de su novela Mañana no será lo que Dios quiera:

“Muchos de los recuerdos de Ángel reelaboraban la realidad, no se ajustaban a la realidad, él podía contar una historia sobre su padre y después los Archivos municipales de Oviedo se empeñaban en llevarle la contraria, y me di cuenta que la memoria de todos es un género de ficción. Él estaba marcado por la ejecución de su hermano; él estaba marcado por algunos sacrificios y humillaciones que tuvo que soportar su madre, y el anciano vivía, revivía como si fuese parte de su presente, la historia del pasado, y reflejaba lo pequeño que se hace uno cuando crece. Le gustaba hablar de las cosas importantes en voz baja, no le gustaba lo grandilocuente, el patetismo del sentimentalismo cursi. Ángel decía que el verdugo sólo se sale con la suya cuando consigue transformar el carácter de la victima, cuando lo condena al odio, a la obsesión, a la venganza”.

Memoria:
“Yo soy partidario, en primer lugar de limpiar las heridas; las heridas cicatrizan mal si no se limpian, y si uno no reconoce que está herido”.

Objetos:
“Aquellos objetos que no me gustaría perder, que constituyen una geografía de lo doméstico. Aunque tampoco sé exactamente todo lo que tengo. Porque vivimos en un mundo de usar y tirar, y no sólo objetos, sino también a las personas, a las ideas; no hay valores sólidos, todo está en constante cambio y parece que lo importante sólo está en las modas y no en los valores. El sentido de la acumulación esconde un fondo de avaricia muy grande. Cuando Juan Ramón Jiménez llegó a Nueva York se sintió fascinado pero pensó: la sociedad corre el peligro de crecer mucho a lo ancho, de crecer mucho a lo alto, pero no crecer por dentro”.

Hasta aquí esta especie de diccionario “garciamonteriano”. Se percibe que son definiciones, no respuestas a las preguntas realizadas, todas, presupongo, ya antes escritas por Luis García Montero, quien, seguro, es otro cuando es otra la situación. Todas estas respuestas (definiciones) me las ha ido soltando el escritor en las distintas presentaciones (promociones) de sus libros: Mañana no será lo que Dios quiera (2009), Un invierno propio (2011), Una forma de resistencia (2012).

Sobre las preguntas y las no respuestas hay que aceptarlo, a veces, por mucho esfuerzo que uno haga para sacar al entrevistado de su circuito de promoción, no lo consigue. Luis García Montero responde desde lo que ya reflexionó y configuró previamente. Son pensamientos e ideas que han sido fabricadas a priori y que suelta durante la entrevista, no como una respuesta natural y espontáneamente, sino como el recuerdo de lo que  piensa. Es como una cinta, como un guión aprendido. Porque la parte mala de las promociones tienen eso, que se suele preguntar sobre lo mismo al mismo. Y en mi caso que llego cuando ya pasaron todos, es mucho más complicado, porque el entrevistado ha sido presa de ese estado repetido que crea un hecho promocional. O acaso, en el caso de García Montero, es que recurre a lo que ya escribió, a lo que confeccionó a través de horas de concentración y por ello, la improvisación, el arranque natural ante una interrogante, no lo ejerce, por temor, o como una forma precavida ante cualquier posible brote de sinceridad y/o brutalidad. La naturalidad, quizá lo sabe y por ello se protege, tiene sus riesgos: ser como no desea ser.

En su libro Mañana no será lo que Dios quiera, escribe: “El que sabe escuchar atiende a las palabras con el gesto, con los ojos, con las manos, con los labios, y convierte su silencio en un acto de respeto y amor, en una forma de cuidar a los otros, de entenderse, de esperar… porque saber decir no es exactamente lo mismo que saber hablar”. Quizá de ahí los silencios prolongados de Luis a la hora de responder, quizá de ahí su respuesta como pensamiento, su dicho (aprendido) como habla. Porque sí: no es lo mismo contestar que responder. Y García Montero no responde, contesta pensando en lo que pensó. Y con él siempre me queda la sensación: Me estas contestando pero no respondiendo. Pero ese es el poeta en las entrevistas. Me consta que es otro cuando ha sido otra la situación. Alguna vez, pasado el tiempo, entre entrevista y entrevista, me lo topé en Casa de América. Me reconoció y se dirigió a mi de una forma desprevenida, sin ningún tipo de filtro. Me saludó abrazándome, con dos besos, y con una palmada en la nalga, me preguntó: ¿Qué tal va todo?

García Montero, el novelista, ensayista y poeta, también es otro y también, me consta, no sólo contesta, también responde a los correos y a los pedimentos. Cuando lo invité a presentar mi documental sobre Fogwill, respondió y me dijo que sí, me dio opciones de fechas e incluso ayudó para que fuese presentado en la Casa de América. Al final por un tema de fechas no fue posible que él lo presentara. Sin embargo, guardo el sí de García Montero como un acto que refleja lo mejor de alguien: cuando hay que responder, responde. Ojalá, también y ahora, como candidato a la Presidencia de la Comunidad de Madrid.

VARGAS LLOSA O EL DÍA QUE NOS ARREBATARON EL MICRÓFONO

6Z6C3834Guarda las manos en su pantalón, lo estira, lo sube, acentúa su altura. Habla de literatura con quien se le cruce, de biografías altas y exquisitas. De perfil se nota que vigila. Su perfil es de tiburón. Su americana tiene tres botones de terciopelo negro, juega con ellos, se entretiene, le proporcionan naturalidad. Sigue atento. Le importa, parece, quién y cómo lo miren. Llega puntual. Toma un café solo, e invita un refresco que paga, con un billete arrugado de cinco euros, sin cartera anda. Su pómulo izquierdo es más rojizo que su mueca completa. Sus cejas son negras, pequeñas y en triangulo. Todo ese conjunto hace como si la fama culta sólo fuese para él. Es difícil imaginarlo triste, con el alma en los pies. En sus presentaciones no lee, habla escribiendo. A, a, a, a, dice al termino de cada frase, afirmación que cierra un tiempo reflexivo. Cuando habla se moja los labios para no escupir, se le encharca la boca de tanta fluidez.

LEILA GUERRIERO, DISPARA CON “ZONA DE OBRAS”

Si somos prudentes, si sabemos esperar, la gente, antes o después, dirá lo que tenga que decir. O no. Y entonces también nos habrá dicho alguna cosa. LEILA GUERRIERO

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Mira, huele, toca, pregunta. Es Leila Guerriero, quien interroga, reseña, describe, deletrea y publica “Zona de Obras”. Un recetario más que un manual; una antología que reúne algo parecido a las fichas necrológicas que describen lo que pasa cuando ya pasó lo que escribió. Actas, notas, confidencias., creencias como: “el periodismo narrativo es muchas cosas pero es, ante todo, una mirada –ver, en lo que todos miran, algo que no todos ven-… pero para ver no sólo hay que estar; para ver, sobre todo, hay que volverse invisible”.

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Leila es acción más descripción igual a emoción. Crónica en estado puro. Cuando la conocí, lo primero que le pregunté fue:

-Leila, ¿llegas antes o llegas cuando llegas?

-Yo creo que el periodismo narrativo es necesariamente llegar mucho después, cuando ya pasaron todos.

Y ella llega después y permanece para desaparecer después. Escribe en Zona de Obras: “Sólo permaneciendo se conoce, y sólo conociendo se comprende, y sólo comprendiendo se empieza a ver”.

Su cuento es la puritita realidad. Mide, mira, calcula, subraya. Ofrece una pista:: “Quizás parte de la clave del periodismo narrativo es que, hablándonos de otros, nos habla, todo el tiempo, de nosotros mismos”

No es que sólo le atraiga la gente rara, los torturados, hay gente que le parece interesante, “gente común puesta en circunstancias extraordinarias”. Por ello “un desafío es contar la pobreza sin pietismo y narrar la riqueza sin –a priori- condena moral”.

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Leila se ocupa de los desdichados con la misma puntería que describe a las señoras ricas; al goce y al dolor. Al horror, también. Un ejemplo: “Esa tarde, toda la tarde, Amanda trajinó la casa escondiendo tijeras y cuchillos, navajas y horas de afeitar. Porque la vio mal –nerviosa, diría después- y sospechó: su hija, Eugenia, entraba y salía de los cuartos cerrando puertas con furia, los ojos dos ascuas vivas, y Amanda preguntaba: “¿Qué te pasa, Euge, por qué, por qué?”, más por calmarla que por esperar respuesta: hacía dos años que sabía por qué. Esa tarde de agosto de 2006, Eugenia, 15 recién cumplidos, furtiva como un gato, encontró al fin lo que buscaba: un filo. Entonces se encerró en el baño, se quitó la ropa y se hizo un tajo –hondo- en esa parte suya que la asquea: el sexo que lleva entre las piernas. El pene”.

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La mejor forma de denuncia es escribir bien. No somos iluminados ni tenemos una misión que cumplir en el mundo. Somos periodistas que contamos historias. Por ello, Leila Guerriero, escribe: “El periodismo equivale a alguna forma de la justicia cuando, en realidad, los periodistas no somos la justicia, ni la secretaría de bienestar social, ni la asociación de ayuda a la mujer golpeada, ni la Cruz Roja, ni la línea de asistencia al suicida. Contamos historias y si, como consecuencia, alguna vez ganan los buenos, salud y aleluya, pero no lo hacemos para eso, o no sólo para eso”.

Leila, lo aprendió: “El oficio que practico me enseñó a escuchar mucho y a hablar poco, a olvidarme de mi y a entender que todas las personas son su propio tema favorito”. También aprendió, acepta y hace:

  • Hay que aprender a vivir sin necesitar la mirada de los otros
  • Lo que hago es lo que más soy
  • Preguntar como quien no sabe, esperar como quien tiene tiempo y estar allí como quien no está.
  • Porque nunca pretendo ser amiga de quienes entrevisto. Porque no escribo para disgustarlos, pero sé que no tengo por qué escribir para que les gusté.
  • Si somos prudentes, si sabemos esperar, la gente, antes o después, dirá lo que tenga que decir. O no. Y entonces también nos habrá dicho alguna cosa.

Leila hace perfiles. Trabaja la crónica. Y entrevista a quien quiere, quizá . porque, dice: “Yo, que no obedezco nunca a nadie, obedezco a mis principios con sumisión arrebatada”.

–Hay alguien que te haya dicho no y te haya jodido?

– Hace poco, durante siete meses una persona me dijo no, pero hace dos semanas me dijo sí, pero durante los siete meses que me dijo no, me jodió, me jodió, me jodió.

Lelila corre pero cuando para, para. Tiene un anillo al que soba cuando escucha, que es casi siempre. Responde a todas las preguntas. También ríe. No va de guay, no va de moderna, creo que no va de nada. Pero sobre todas estas cosas, pregunta, pregunta y vuelve a preguntar. Y no saber la hace ser. Por ello busca, busca y vuelve a buscar.

Leila Guerriero es periodista, y no estudió periodismo. Hay quien lo estudió y no lo es; una profesión que –aunque se tenga el título- si no se ejerce es como fumar y no dar el golpe.

En mi caso no sé dónde aprendí periodismo, incluso no sé si lo que sé es periodismo, pero la pregunta no es dónde, sino con quién o de quién. En la universidad aprendí algo, más bien poco y mal, pero dos personas fueron fundamentales para hacer de ese poco, todo. Con estas dos personas reconocí lo ejemplar, que es cuando vale la pena copiar y repetir, untarse de eso que no es nosotros. Con el periodismo aprendí sobre la fugacidad; acepté que algo que lleva mucho y a veces todo dura como mucho un día, una hora o dos minutos.

También me enseñó el oficio periodístico que lo rápido lleva su tiempo, a callar si no se tienen las palabras, y a preguntar lo que uno desconoce pero también lo que uno cree; no hacer como que me gusta lo que rechazo pero tampoco a rechazar lo que no me gusta. Con el tiempo comprendí que el humor, la provocación o la sorpresa eran elementos constitutivos para la creación de un buen relato. Supe que la noticia como tal ya no cuenta, lo que cuenta es cómo se cuenta esa noticia. Nunca como ahora es necesario distinguir entre información, difusión y promoción. Quien informa desvela, denuncia y ofrece datos, quien difunde ofrece hallazgos, y quien promociona, sólo vende y no necesariamente cobra.

Con el periodismo supe que el error también puede ser una fórmula para el relato porque conlleva naturalidad, que suele ser lo más próximo a la verdad. Lo que cuenta, no es que hayamos estado, es CÓMO lo hemos contado. Y el CÓMO es la comida diaria de Leila Guerriero, periodismo que destila literatura.

 

“Zona de Obras”

Leila Guerriero.

Editorial: Círculo de Tiza.

1ª. Edición: Septiembre 2014.