La mirada del que vuelve es igual, pegada al tiempo que fue, mientras lo que ve, ya fue. Una mirada dilatada frente a la novedad, el recuerdo y el estupor de mirar lo que había y nunca vio. Unos ojos trastocados por lo que ya no es, -uno ó aquello-  y ese sitio lo refleja, como si los lugares en donde fuimos fueran más espejo que ventana.

Así miraba Héctor Abad en la primera mañana de su regreso a Madrid, con los ojos de atrás, y sin lo de antes. Veía como si delante tuviera una puerta donde lo fácil fuera entrar y lo difícil permanecer. Quizá esa mirada confusa y alerta, plácida y nerviosa, reveladora y repetida, hacía referencia a ese espacio que media entre el olvido y la memoria. Observaba a Héctor y pensaba que la suma de permanencias sin pertenencia es el signo permanente de quien se fue, y sabe que nunca se vuelve, o no al completo, creo.

Ante la mirada hueca de Héctor, todo entraba por sus ojos, sugerí un café y pidió un cortado. Años atrás, habíamos bebimos ron en casa de unos amigos del barrio de Malasaña; hablábamos de todo, cuando en realidad lo que hacíamos era buscar quien nos quisiera, acaso, olvidando a quien querer. Ahora que importan más las mañanas que las noches y que crecen las manías que duran más que las cenas, él, aparece de traje, de gafas, con canas, sin hijos aunque los tenga y sin corbata, aunque la cargue. Habían pasado doce años desde la primera y única vez que nos vimos (vez que yo recuerdo y él olvidó). Una vez y suficiente para no olvidarlo, me cayó tan mal que mi memoria no lo extravió. Mientras su fama iba creciendo mi prejuicio fue engordando hasta que la realidad lo desmintió.

¿A qué sabe, a qué huele, y qué color tiene el regreso?

Le pregunté y él enmudeció con la mirada colgada al horizonte, un horizonte como el recuerdo, lejano y difuso, hasta que después de un silencio de hierro, dijo: “Yo pienso muy despacio”. Con el aliento de la sinceridad y una vez metido en el tiempo, respondió: “El regreso sabe a mis hijos que son los que realmente me hicieron tomar la decisión de volver”. Su hija vive en Barcelona y su hijo en Madrid. Héctor Abad no quería volver, había decidido hacía diez años no pisar suelo español hasta que se eliminara el visado exigido a ciudadanos colombianos. Firmó una protesta, aseguró que no regresaría. Lo cumplió hasta que crecieron sus hijos. Lo asume como una derrota personal, pero también como una quijotada, y todas las quijotadas en esencia son actos inútiles. “El sabor del regreso es el sabor de la familia”, continuó, desvalido, rendido frente al motivo donde sobran todas las razones. “El olor es el de los huevos con papas, el Rioja, y el Jerez”, aclaró, con una sonrisa que ya comía del gusto por el recuerdo, de ahí su afirmación: “El olor es siempre una nostalgia culinaria”. La comida que más le gusta en el mundo es la española, me confió, ante el rostro de horror que le estampé. El color es el cielo de Madrid que es inolvidable y único, es azul, y el color del regreso es azul, me dijo, mientras miraba para arriba, con una sonrisa puesta al servicio de la incredulidad y el goce, como si dijera con los ojos:  cuanto tiempo y necesitándolo tanto.

¿Qué tiene de malo recordar lo bueno y qué tiene de bueno recordar lo malo?

Le pregunté con “El olvido que seremos” en las manos y en la memoria. Libro que silencia al olvido a través de los recuerdos de un hijo al que asesinaron a su padre. “Lo malo mío es que yo no recuerdo bien ni lo bueno ni lo malo. Y tiene de bueno que, si uno no recuerda mucho ni lo bueno ni lo malo, vive en una situación con muy pocos prejuicios, como más tranquilo. Tiene de malo en que de todas maneras el olvido es una forma de brutalidad; uno tendría que poder escoger entre tener memoria o tener olvido, y uno, ojalá, pudiera escoger qué recordar y qué olvidar, pero eso es algo que funciona sólo en el cerebro y de manera automática”.

Mientras Héctor hablaba endulzado por su acento paisa, de Medellín, volví al lugar que nos juntó hace años, al mismo acento pero salido de una amiga en común, quien me había contando mucho y bien del escritor, y yo al verlo, hoy recuerdo, me pareció engreído, con la arrogancia del primerizo y la seguridad del admirado. Así recuerdo que lo recordaba, con la envidia de una ceguera selectiva, sólo veía lo que a mi me faltaba y él tenía, naturalidad y éxitos, o lo que en ese tiempo yo consideraba naturalidad y éxitos. Creo que a veces el resentimiento es motor para la memoria, mientras que, no siempre, pero suele suceder, el olvido es una forma de ingratitud. Pienso en mis recuerdos y concluyo que han ido cambiando, antes poseían una naturaleza masoquista, solía recordar lo que no fue: las carencias, los faltantes, la suma de cuenta descuadrada; los besos que no llegaron, y también, los que no repetiría. Ahora, quizá, al contrario, recuerdo sólo o más, lo que en otro tiempo, creí, debía olvidar, es decir, los errores. La parte buena de las cosas malas, creo, es recordarlas para no repetirlas. La parte mala de las cosas buenas, supongo, es atarse a su recuerdo, vivirse en lo pasado, creerse que puede ser igual siempre y después, pero esas son cosas del pasado, y el pasado siempre es un recuerdo.

La memoria es un territorio de ficción. Héctor me hablaba y pensaba y pensaba recordando. Mientras escribo recuerdo, y pienso que lo que recordamos es otra forma de saber qué y cómo pensamos. Para Héctor, la memoria no es otra cosa que una forma de olvido. La desmemoria la define como el recuerdo imperfecto, su manera de entrar sin quererlo en la ficción. El recurso que le queda, me dijo, para no sentirse un notario, alguien que copia simplemente las cosas que vivió, es la desmemoria: “mi mala memoria vive inventando”, me reveló.

Escribir, cada vez más, lo ve mejor, confirmé. Su forma y fórmula es: Escribir en dos, desdoblado, partido, dentro y afuera, desde uno y desde otro, ensimismarse y enajenarse; vivir en uno, pero también pasarse a vivir en la vida del otro, tratar de fingirse… ¿si no fuera esto y fuera lo otro cómo sería?, es la pregunta que se hace Abad para escribir, acaso también para responder, y quizá por ello prefirió parar, declarándome: “Esto es demasiado complicado, tus preguntas son muy complicadas”. Entonces pregunté:  
¿De qué eres más parte de todas las partes que eres?

Yo creo que un escritor tiene un poco una mente esquizofrénica, tiene que tener partes de muchas cosas. Yo soy plenamente parte de cada parte de la que soy pero sucesivamente. No al mismo tiempo…. Si soy judío soy plenamente judío y si soy árabe soy plenamente árabe”. Me dijo y se fue. Y mientras se iba, ambos, creo, ya íbamos recordando la parte que teníamos que olvidar, en mi caso el prejuicio hacia él, que para eliminarlo, como siempre, tan sólo hacía falta el conocimiento que otorga comprensión. 

Imaginó, no estoy seguro, que el olvido está lleno de disculpas, su edulcorante es la justificación, y el acto, siempre está precedido de culpabilidad. Creo que nadie olvida si se lo propone, a diferencia del recuerdo que conlleva una decisión, o contiene algo que se escapa. Pretender olvidar es una manera de seguir recordando. Se recuerda porque ese o eso tiene la potencia de lo inevitable. Por ello, supongo, la memoria es una militancia; el olvido, involuntario. La memoria es un sitio a donde se llega con la duda y se acomoda la vida a como la recordamos, mientras que el olvido llega sin más, en silencio, sin darnos cuenta. Y entre la memoria y el olvido quizá se ubique la parte más fiel de lo que somos; qué olvidamos y qué recordamos a lo mejor sea el relato más fiel de lo que vamos siendo, mientras el recuerdo se empeña y el olvido se empaña. La memoria, me gusta pensar, es un instrumento para ampliar la existencia, y que nos recuerda lo único que no se olvida: los cortes de una vida, hayan sido, de dolor, o felicidad.

Si metes en una licuadora a Reynaldo Arenas y a Edmundo Paz Soldán te sale con toda seguridad un Rodrigo Rey Rosa. Del boliviano tiene el volumen y la voz bajita, casi de susurro; del cubano tiene el cabello rizado, alborotado, una nube negra arriba de su cara. De Edmundo podría ser la espalda: gruesa, ancha, de futbolista. De Reynaldo su modo delicado, de quien pide permiso por educación, no por miedo ni sumisión. “Portarse bien es obedecer”, escuché hace poco a una abuela decirle a su nieta. A veces sí. En el caso de Rodrigo es de caballero, de alguien elegante, accede como si obedeciera, dice sí, como si dijera mande usted, acaso porque es de humildes dar cuando te piden, pedir sin ordenar. Entrevistamos a Rodrigo Rey Rosa quien publica “Severina”, una novela corta, novelita, la llama él. Iniciamos. 

¿Lo rápido lleva su tiempo?

Sí. Hay un dicho que dice: “una lectura fácil se logra con una escritura difícil.

¿Cuánto tiempo te llevó escribir estas 104 páginas?

Desde la primera palabra hasta la entrega me llevó tres meses. Un mes escribirlo y dos corrigiendo. Tiendo a apresurarme, escribir mucho en poco tiempo y luego revisar bastante. La técnica que estoy utilizando últimamente es dos páginas por día para poder durar más en la carrera; por la mañana, nada más levantarme, después de un café. Aunque cada libro impone sus reglas, lo importante es dejarse llevar. Quizá lo mejor es escribir poco a poco para poder prolongar la trama. Yo creo que siempre he escrito textos cortos porque tiene que ver con mi temperamento, mi impaciencia, es una inclinación natural.

Rey Rosa es cauto, en la sombra, en lo precario, parecería que lo pasa mejor. Es pausado, no corre, el silencio es parte gruesa de su palabra. Sonríe con la boca y con la mirada ante la imposibilidad de explicación. Si no tienes nada más que decir, mejor ríe, es la forma en que remplaza el sonido y la palabra.

 

¿Qué guerra se libra actualmente en los libros?

El de papel y el electrónico es el último frente. Aunque yo creo que siempre ha sido (la guerra) entre los libros de gran público y los libros de lectorado reducido. Pero eso es una cuestión extraliteraria. Hay dos tipos de escritor, escritores que escriben para explicar algo y escritores que escriben para explicarse algo; escritores que escarban dentro, algunos que no saben qué van a escribir y al terminar tratan de averiguar qué hicieron. Un trabajo de introspección. Es como los sueños que algo te dicen y que para averiguarlo tienes que interrogarlos.

¿Qué libros robarías, de quiénes?

Ufff….. (su risa delata una oportunidad esperada desde hace mucho tiempo, un paraíso a su alcance. Estamos en la librería Iberoamericana de la calle Huertas), le animo y le digo: “Ahora no hay nadie”

Una risa abierta, más confidencial apoya el deseo, que finalmente no cumple. Aunque si pudiera, lo que robaría sería libros de poesía que, aclara, tienden a ser caros y raros.

¿Severina roba por necesidad, porque es inevitable?

Eso es lo que trato de explicar en el libro y creo que no está muy claro. Sí, yo creo que hay una especie de cleptomanía literaria en el fondo, pero sí, nunca llegué a averiguarlo. Está novela es un poco terapéutica, la escribí en un momento de rompimiento con mi novia que yo quería recuperar, y fue una especie de mensaje cifrado. No había ninguna preocupación externa, era una cosa muy personal.

No todo tiene una explicación, acaso ni siquiera sea bueno buscarla. Acomodarse a lo que es, sin más preguntas, no saber a dónde se quiere llegar es reino de Rodrigo Rey Rosa. Dejarse llevar es el único plan, incluso dejarse arrastrar, como en su literatura, es el camino. Brevedad cortante, proporción acotada, contenida, parca. Las palabras le salen de su boca con la dificultad del asmático. Le cuesta hablar, acaso porque lo que tiene que decir, mejor lo escribe.

Una pregunta un poco impertinente… ¿qué tiene Paz Soldán para ser el escritor boliviano y qué tiene Rodrigo Rey Rosa para ser el escritor guatemalteco?

-No la encuentro indiscreta….(la pregunta) pero yo sí creo que la nacionalidad en los escritores es un accidente exterior y luego hace uno lo que puede con su vida. Yo considero una suerte ser guatemalteco para ser escritor, te da un punto de vista un poco marginal y eso puede ser una ventaja, ser de un país arrabal.

Es pausado también cuando camina y mira, no así al escribir que es veloz, y desesperado. El largo recorrido le abruma, poco y bien, corto y seguido, acabar pronto mejor, supone. Como suele suceder con gente interesante, o como poco, enigmática, es más importante lo que calla porque lo que habla está en sus ojos, en su disimulo, entre líneas, que en su caso es entre su sonrisa, sus ojos y su silencio. En cómo mira está todo, lo demás es lo de menos.

Terminamos y se queda enganchado leyendo “Memoria” de Alfonso Reyes. Después sugiere a Claudia Hernández, una buena cuentista, define. Sobre Rodrigo Rey Rosa, Bolaño dijo: “Leerlo es aprender a escribir”

 

Seco. Incómodo, como quien suele correr y lleva una semana sin hacerlo, como quien va al trabajo y su mal propio lo paga con los ajenos. Es, parece, una anomalía, parte de un error, producto de un desencanto. Suda y calla. Apenas saluda, estira su brazo para tocar sin ganas. No pregunta nada, se ajusta a lo acordado, está para ser entrevistado, ó interrogado, si se trata de Marcos Giralt Torrente Ballester. Espera en silencio el inicio de la entrevista. Mira para todos lados, se ajusta la ropa, se distrae bajo una espera que, podría ser, le desespera. Ajustamos voz e intentamos el acomodo incomodo, como si nos preparáramos para un combate, de alguna manera, siempre lo es. Ambos, todos, y a diario sorteamos el silencio incomodo de tener que preguntar y tener que seguir esperando una respuesta, o dándola. Giralt Torrente es el responsable de “El final del amor”, premio internacional de narrativa breve 2011 Ribera del Duero. Autor, también, de “París”, novela con la que ganó el premio Herralde en 1999. También escritor de “Tiempo de vida”.

 

¿Si es amor, tiene fin?

 

No necesariamente, solo que se acabe la vida, entonces sí.

 

¿Cuál es el lugar del final?

 

Es cuando se acaba la ilusión, cuando se empieza a pretender cambiar al otro.

 

¿Cómo nacen los cuatro relatos de “El final del amor”?

 

Nacen de mi cansancio de mi mismo, de la escritura de mi anterior libro que era un libro autobiográfico y que me hizo pensar demasiado en mi mismo y cuando lo terminé, y terminé la promoción y también de hablar de mi mismo, necesité imaginar, inventar y lanzarme sobre la ficción.

 

Amargo, insatisfecho, duro, solo, parece. No sonríe. Desea terminar, acabar, acaso con todo. Es sincero, sólo responde lo que se le pregunta, no se extiende en su palabra. No es que esté, es que es incómodo. El territorio de la angustia, del cabreo, le hace andar, supongo. Molesta su incomodidad, acaso porque la incomodidad no es costumbre de expresar. Tan solo es sincero, pero, caigo, la sinceridad, he mamado, es una forma de grosería. Su mal estar me molesta, acaso debido a su atrevimiento de ser sin formalismos, que sí de forma.

 

 

 

¿Qué se necesita para escribir?

 

Una mesa, un techo y tesón

 

¿Y cómo hacen los africanos que no tienen techo?

 

Los africanos escriben en la arena generalmente, desgraciadamente.

 

¿En qué estado, situación o lugar –en tu caso- es imposible la escritura?

 

Sin un techo, sin una mesa y lloviendo

 

¿Cuál es el límite en lo autobiográfico?

 

Cualquier pieza literaria, sea o no autobiográfica, tiene que trascender, tiene que sugerir algo más y convertirse en una reflexión acerca del mundo; si hablando de tu propia vida no consigues cierta universalidad que otros se identifiquen con ello, pues has fracasado.

 

Para responder o responder sin golpear, respira, toma aire, se escucha la plenitud de su respiración, es profunda y le autorregula, sin perder lo rígido, con la boca seca, juzga con los ojos bajo una ropa que, por sus movimientos, hace suponer que le ha sido impuesta, o tan sólo, como él, le es incómoda.

 

¿Te sientes más cómodo en la ficción o en la no ficción?

 

Me siento incómodo siempre. De la incomodidad nace la escritura y la literatura, desde la inquietud.

 

¿Incluso cuando no escribes te sientes incomodo?

 

Escribo siempre, incluso cuando no escribo. La mirada es también escribir, pensar literariamente es escribir.

 

En el caso de tus personajes… ¿Lo ajeno, separa?

 

Mis personajes, incluso lo propio, lo ven ajeno. De ese extrañamiento que es la inquietud nace nuevamente la literatura.

 

¿La decepción supongo que tiene que ver con el final del amor?

 

El final del amor produce a veces decepción y a veces euforia

 

¿Hay alguna manera de no llegar al final?

 

No muriendo

 

¿Y en el caso del amor?

 

No tengo recetas.

 

Es otro fuera del plano. Se vuelve amable. “Tengo que seguir con la gira de presentación del libro y antes tengo que ir Hacienda a hacer la declaración, ésta es mi vida, ¿cómo ves?” Me pregunta cuando la respuesta está en un adjetivo, le faltó decir mierda, esta mierda de vida que llevo.

Uno es otro, siempre. Ser como uno, sin importar lo que parezcamos, nos hace únicos, pienso cuando se va. Es borde y es amable. Es cordial y es rudo. Es de él sobre todo. Terrible, ambiguo, seguro en su palabra: firme en lo que hace, le hace humano. Su ironía está hecha de rabia, y la compone su desencanto. Está reventado, viene de un viaje, ha comenzado el verano, hace un calor de infierno, llega tarde, viene de prisa, tiene que ir a otro lado, no tiene tiempo y el tiempo que hace es del sol, y del mal humor. Un tiempo, básicamente incómodo.

 

Terminé de leer Missing, de Alberto Fuguet. Me llevó tiempo porque no quería terminar, deseaba alargar el goce, como en la última y nos vamos, que nunca es la última y que al final llega el final. Missing es como una autopsia a tiempo y en vida; una vida “perdida” o “desparecida” y que a medida que se cuenta uno va descubriendo qué es lo que fue matándola, o qué y dónde fue perdiéndola, o quizá, se debiera decir, ganándola. Una historia que narra el trasplante verdadero, que es mudarse de lengua y de país. El desaparecido o perdido o simplemente ido es tío del autor, un tío que decide marcharse sin mas, un tío que cambió de país y de familia: “ellos me hacían ser una persona que no soy”, justifica el tío de Alberto, quien no se asume como perdido, ni desaparecido, simplemente alguien que se va, que deja de estar.

Esta cosa rara parecida a una novela, una crónica, un reportaje largo, una investigación, una entrevista, es , creo, sobre todo, una BÚSQUEDA, un rastreo por el laberinto  -casi delirio- que suele ser la familia. Fuguet nos lleva hasta un planteamiento ético, serio: ¿Es bueno contar algo que pueda hacer cambiarlo todo?

Carlos Fuguet, tío verdadero de Alberto Fuguet, decide ser otro, cortar con todo, desaparecer, no existir más en la familia que le tocó. Esta decisión tiene su precio, su porción de egoísmo, pero también su hueco de salvamento. En algún lado leí, o escuché: “La familia o la vida”. Y este libro pareciera que dice lo mismo: optar, elegir, matar o matarse, irse, desaparecer o quedarse. Quizá ésta decisión no debiera ser definitiva, ni prolongada, ni tan absolutista, sin embargo, creo, todos en algún momento, en varios momentos, nos gustaría hacerlo, desaparecer sin mas hasta conseguir ser alguien, y según el tío Carlos “ser alguien es alguien que solamente cuenta consigo mismo”. Leyendo a Fuguet, creo, uno, incluso a lo largo del día, debiera desaparecer por algunos instantes, para saber quién es, y eso sólo se descubre, quizá, sin nadie “opinando”. Y también, uno descubre por qué se alejó con tan sólo acercarse a aquello que nos mantiene en otro sitio.

Esta novela aborda el supuesto daño que genera la decisión, la elección de uno en el dolor de los otros. Pienso en el personaje y en nuestras decisiones y pienso que, si duele, hiere, lastima, es porque previamente algo ya estaba dañado y acaso eso mismo es lo que nos lleva a tomar determinadas decisiones. Por ello, pienso, una decisión nunca es de uno sólo, el acto de hacerlo y mantenerlo sí, pero ¿qué nos lleva a ello? es la pregunta, para la cual a lo mejor ni siquiera haya respuesta. En el caso del tío Carlos hay varios motivos, pero, creo, el más visceral y que lo llevó ha hacerlo, era hacer y ser lo que los otros no le dejan ni hacer ni ser. Y entonces me pregunto, ¿Ese es el único método, cortar, tasajear, borrar  lo que fuimos? quizá sí. En todo caso para hacerlo, primero hay que tener valentía y después humildad para aceptar el error, y todavía más, si fue acierto.

Parte de la conclusión del desaparecido-perdido es: “Ser nadie sin que nadie te lo diga no es tan malo”.

Alberto Fuguet estará en Madrid la próxima semana. Lo entrevisto el día 26, quizá ayude a descubrir algunas de estas cuestiones.