Jorge Volpi, lee la mente…

Posted: noviembre 21, 2011 in Televisión

“En la forma se equivoca pero su fondo es bueno”. Esta frase la escuché siempre, cuando mi madre intentaba justificar a mi padre respecto a sus formas (violentas) y exigencias (exageradas). A partir de ahí, creo, fui creyendo que la forma era lo importante para conseguir lo que en el fondo, acaso, ni siquiera deseaba. Así fue como empecé a educarme en la “apariencia”; el fondo se suponía que justificaba la forma, eso me llevó a muchas equivocaciones, como por ejemplo, una educación no sólo en la mentira (que eso al menos hubiera sido algo creativo) sino en el engaño. Quizá de ahí mi predilección por la ficción. No importaba lo que uno quisiera, sino la forma en pedirlo (arrodillarse, suplicar, decir lo que fuera aunque no fuera verdad). De ahí, todos nos fuimos, creo, deFormando en la forma como fondo. El escritor Jorge Volpi, en “Leer la mente”, dice: “Forma y fondo no se diferencian en el cerebro como en los opúsculos de los críticos: ambos son, en esencia, ideas –ideas sobre qué decir e ideas sobre cómo decirlo-. Y cuando en verdad funcionan, una y otra se confunden”.

 

Es decir que forma y fondo son indivisibles. Fondo y forma es lo mismo. La forma de uno es su fondo. No saber cómo ser, es no saber quien soy, o ser como buenamente  pueda ser o creer ser.

 

Propósito e intención van unidos si es verdad que fondo y forma es lo mismo. Mostrarse es el fondo, y demostrar –conlleva una intención- es una apariencia. Así, la forma que es nuestro fondo, también es la ficción que construye realidad. Por ello imagino (pienso) que lo único real es la invención como método (forma) para ser eso que uno quiere. Nos inventamos para ser y ese ser es absolutamente real auque  sea una invención. Las formas como mentira son fondos de ficción que hacen reales las existencias. Dice Volpi: “La ficción se inaugura, pues, no cuando el primer humano miente, sino cuando los demás reconocen su mentira y prefieren ignorarla”.

 

Así, recordar, mirar y configurar también son formas de la ficción, maneras y fondos de invención. Se dice: “voy hacer memoria” y sí, uno hace, construye, crea memorias, que inventan, modifican y acomodan. Volpi viene a decir que: “uno recuerda desde el presente, lo cual la hace ya una forma de ficción: Si la memoria me engaña, es porque poseo una conciencia que, al recordar los hechos, los trastoca de forma interesada. Cuando revivo el pasado, me mueve una razón o un impulso presentes y, por tanto, no privilegio la fidelidad a los hechos sino mi interés personal –mi agenda oculta”.

 

Ahora que ya es invierno, siempre trato de hacer un ejercicio imposible: intentar sentir la misma sensación de calor asfixiante cuando era verano -desde el mismo punto-  ahora en invierno y donde el frío cala los huesos. No me creo que haya estado de sandalias, musculosa, y bermudas, en este mismo punto y a la misma hora, y que ahora cargue bufanda, cazadora, pijama térmica”, siento frío, me siento helado y es imposible, aunque tenga memoria, sentir lo mismo que en agosto a las tres y media de la tarde por la Gran Vía. Y sí, imposible, porque ahora es presente, y desde aquí miro y siento. Todo esto para concluir y sumarme a lo que dice Volpi: “Todos somos básicamente idénticos”. Cómo pienso es saber o intentar saber qué creo. Cómo, es qué. Las formas de un adiós son fondos de una separación. En la renuncia, como en el cortejo, fondo y apariencia emergen nítidamente para revelarnos como, es decir, quienes somos. Lo que pasa es que a veces (frecuentemente) somos uno y a veces somos otro, porque en el fondo y en la superficie hay tantas formas como fondos. Pero sí, el fondo más nítido, creo (invento) es nuestra forma.

 

Desmontando a José Donoso
Fragmentos de diarios personales que revelan una personalidad más fragmentada si cabe. Consideraciones personales, tormentos profesionales, pistas sobre su condición sexual… Todo ello queda destapado en la biografía que Pilar Donoso, hija adoptiva del escritor chileno José Donoso, ha escrito sobre su padre. Hoy, 17 de noviembre he leído en el diario El País que se ha suicidado Pilar. El libro “Correr el tupido velo” inicia con unas palabras que ahora, más que nunca, dan sentido quizá a lo que sentía ella: “Escribir este libro tuvo grandes consecuencias para mí, pérdidas irreparables y, seguramente, habrá más. Es por ello que, como continuidad de mi historia, se lo dedico a mis hijos: Natalia, Clara y Felipe”.

Recupero esta entrevista realizada en Madrid el 28 de septiembre de 2010.

Si haces lo que te gusta el resultado debiera ser que te gusta lo que hiciste. Pero ahí no radica el misterio. Parece ser que es más importante, primero, saber lo que te gusta, y después, saber hacerlo. Entonces sí, acaso se alcance el gusto por lo hecho. Pienso todo lo anterior al escuchar a Patricio Guzmán, documentalista chileno, quien creo que, además de saber lo que le gusta, ha encontrado un método para hacerlo, y que después le guste lo hecho. Cree en la escritura audiovisual, en escribir antes de rodar. Pero, aclara, una vez que se llega al rodaje, que sea sin lo escrito. Dejar que la libertad también haga su tarea. Antes escribir, recomienda, acaso porque es la mejor forma de pensar. Escribir pasa por el pasado, imagino. Nada nace de nada, hay algo antes, siempre, y que mejor que para ordenarlo que la letra.

Patricio Guzmán está en Madrid para presentar “Nostalgia de la luz”, un documento fílmico que mira hacia arriba como si se tratara de un reflejo; el cielo es, nos lleva a pensar, un espejo para la Tierra.

“Antes ya sucedió todo y  todo está en el pasado”, que en este caso es abajo, atrás y dentro; debajo de la Tierra, atrás de lo grabado, dentro del núcleo que también es galaxia. “Uno llega a pedir trabajo con su curriculum, con lo que hizo”, dice Guzmán para argumentar la importancia de lo ido. Y sí, es curioso, la oferta y defensa que uno tiene para solicitar, pedir algo, es lo que ya fue, aún cuando no esté garantizado que lo pueda repetir, ni mucho menos mejorar. Entonces pienso: uno es en el presente, lo que fue.

Guzmán ha utilizado el desierto de Atacama porque es un lugar que conserva el pasado; ahí se guarda bien todo lo que hubo porque nada desaparece, tan sólo se seca, encuentra otra forma.

Para Patricio, Chile es una isla. Un trozo marcado por una cordillera. Un territorio que tiene una identidad ambigua e indirecta; de una amabilidad que llega a irritar, me aclara, irritado. Chile es un lugar donde no pasa nada, porque el chileno se quedó sin lengua, dice con las manos que señalan una boca vacía, de habla queda, de la pausa necesaria para no parar de hablar. “Chile es un mito absoluto”, dispara y explica: “Antes pobretón, ahora ostentoso; un sitio raro que  no cobra impuestos a las empresas, donde la televisión es mercantil, bonita, de plasma en todos los bares, muy agradable”, escucho que dice con lo agridulce de la ironía, con sus ojos lentos ante lo que pasa y piensa, y pienso que Patricio Guzmán es del documental, es del tiempo, es de la pausa, es como la dignidad que sabe esperar, es de la inteligencia que no reacciona al primer impulso, que se detiene, respira, permite el lapso que separa una reacción de un pensamiento. Este director de documentales supo esperar, detuvo el ansia hasta encontrar la financiación necesaria para el filme, porque creía en él, porque su historia por contar merecía la serenidad que no come del cuento del bisnes.

“Chile es como los países bálticos”, continúa avinagrado, “una cordillera hermosa que hace parecer a Suiza pero donde todo es modesto, y Santiago partido, un lado que parece Manhattan  y otro, como la provincia, ajeno, lejos, pobre, sin personalidad. Un chileno no articula, no mueve los labios, eso es un índice de que algo pasa en la cabeza”, dice señalando la suya. “Todo pasa afuera porque no nos atrevemos a hablar”, concluye, y también suma, al advertir que quizá la vida vino de afuera. Quizá por ello, nos ayuda al escuchar:

“Los que tienen memoria son capaces de vivir en el frágil tiempo presente, los que no la tienen no viven en ninguna parte”.

Se terminó pese a lo grande que parecía. Se pudo hacer pese a las ganas enormes y que sólo fueran ganas. El reportaje documental Fogwill. El último viaje, concluyó bajo una narración de 45 minutos. En esta historia estuvo él, una sombra hecha de luz, una voz que se hace fuerte conforme pasa  más el tiempo. Estuvo él, y me acompañó, dejando, permitiendo que aflorara la miniatura que somos frente a lo que presupone relatar una conmoción.

Estaba programada una rueda de prensa para hablar del estreno en Mar del Plata. Cambiaba de lugar tres veces al día y ayunaba cada vez que alguno ajeno abría la boca. No hubo, menos mal, rueda para la incuadratura de Fogwill. Lo que hubo fue un estreno en una muestra de programas y videos culturales, de la que sólo tenia conocimiento el técnico de la sala y la secretaría que mandó la circular sin saber de ordenes ni autores.

Legamos y estaba cerrada la sala. No había cartel, no había programación, la hora de comienzo sólo gozaba del frío marplatense. No empezaba la muestra porque no había quien indicara su inicio. El técnico que pide el látigo de una orden, y la productora que produce desorden impedían el diálogo y el comienzo, quizá de todo, en otro orden de cosas. Rogamos y se dio el play. Una sala de teatro que hicieron cine; unas butacas señoriales para cuatro personas. En el teatro Colón de Mar del Plata el autor, el montador, y el par de amigos que no faltan a la ceremonia del fracaso. Sin embargo una mujer, en un extremo, en silencio, con la espalda de la espera fijó su mirada sobre la pantalla todavía en blanco, todavía sin vida. Arrancó con la sala vacía del mismo modo como solía dejarlas él, vacías, después de hablar. Esta vez ni siquiera hizo falta su provocación, desde antes, ya  estaba vacía. Un estreno sin gente, un estreno en silencio, casi en secreto, con la oscuridad que merecía, con la misma mirada de soslayo con que se le miraba. De lado, marginal, como a un puto loco, solo, con el ruido de lo circunstancial.

La voz de Fogwill en la sala de un cine que es teatro fue su entrada en escena. Había que verlo en grande para saber que el tamaño sí importa, que el sonido también, tanto o más que los silencios. Fogwill apareció en escena, estaba ahí, viviendo afuera de la pantalla, en la marginalidad horizontal e interminable.

La señora, la única que asistió, dijo: “Que linda mañana nos hiciste pasar con Fogwill”.

Al día siguiente, en el segundo pase de esta película, al parecer hubo más gente. Un par de periodistas que me contactaron. Una de ellas dictaminó, que relato tan filial, tan de padre e hijo, me dijo. El otro, que le hacía ruido la voz española que relata ese viaje, pero que no impidió para que publicara una mención a este trabajo en el diario español El País. Continúa la ruta, ahora desde Buenos Aires