“Si Maradona fue Borges…”
¿Quién podría ser Messi? El argentino Martín Caparrós nos habla de fútbol, de literatura y de lengua española. Y sostiene que el idioma no es una excusa para que cualquier país iberoamericano conecte más con cualquier otro de la región que, por ejemplo, con Polonia

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CUANDO SE HABLA PARA ATRÁS

Publicado: agosto 6, 2010 en Miscelanea
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Nosotros hablamos para atrás, escuché que decía un montevideano a otro montevideano. Atrás es antes, en tanto más miro éste triste mar rioplatense. El olor, la madera, los altos techos de cafés con leche, las esquinas hechas de tiempo, todo eso y más es Montevideo. Montevideo es de antes, de atrás, de ayer, de lo que se fue. Algo quedó y no se sabe muy bien qué es. Y en esa búsqueda transita la ciudad. La peatonal Sarandí es también calle que ya no ésta y por ello se inventó.

La maleta en efecto no era el problema, era yo, después sería la valija que no llegó. Y ahora, pese al marrón que es llegar con una sola muda, pienso, y hago la vía más rápida, quizá no la mejor, ni la más eficaz, pero sí la de uno, la de los sentidos nuevos. Entrar a un lugar desde lo intempestivo. La sorpresa es como si estuviera programada para decir: Aterrizá, atrevete a entrar. Y ahí está el hallazgo: darle la cara a ese despilfarro de cabreo que podría ser si uno pierde el goce, por seguridad. Mi misma ropa y los primeros malos olores no impidieron descubrir, con Matías y Ramiro, al primer Montevideo; de habla calma, como un sonido de ayer, que nace de noche; Una lengua que se habla a oscuras, con la luminosidad que ofrece la noche, desnuda, con viento rotundo, autoritario. Con la poca luz que suelen tener las calles latinoamericanas del centro y de noche, donde se adivina más que ver, estoy alerta ante todo lo abierto que parece cerrado, destinado al día siguiente. Compré lo mínimo, en una especie de supermercado, cutre pero abierto, en una soledad comercial que hacía más noble y notable su apertura. Después, las cervezas y pizza con Molkas.

Ya con los menos tres grados de la noche y su oscuridad llegó la lluvia, cauta, silenciosa, apretada, como las primeras sensaciones que me va inyectando Montevideo. Justo su mar que es río y dice que es de Plata y es Marrón; Justo su rumor que lo hace más potente. Acotado, sin dejarse ver mucho, todavía. Todo puede ser, nada parece que es. Inventemos, dice con el viento, siempre por delante, sin arrodillarse.

El problema no es la maleta…

Publicado: agosto 2, 2010 en Televisión

Los pasajeros con destino a Santiago de Chile, Lima, México, Buenos Aires y Johannesburgo hacen la misma cola, más o menos para salir a la misma hora, con sólo dos mostradores en funcionamiento. Iberia es la línea, todos con nervios de reloj. Ya no son suficientes dos horas antes en el aeropuerto.  Por primera vez comparto fila con cinco ciudades, cuatro de ellas que comparten, además de cola, una letra: La eñe. Esa misma letra es la que me lleva a Montevideo, vía Buenos Aires, y me siento en el mismo lugar que ella ha ocupado en el abecedario toda su vida: el número quince.  Llega por fin mi turno de facturación, el de delante de mí, ya ha perdido el vuelo.

El rostro alargado del hombre, los suspiros recurrentes, sus negativas de ojos y cabeza, me hacen sospechar que algo raro pasa, y que no puede ser nada bueno. Me atrevo a preguntar… pero antes pienso: (no sé por qué pero en los aeropuertos, fronteras, o cualquier oficina burocrática uno llega a tener cinco años, y miedos de cien). Y le digo: Voy a Montevideo, así que la maleta, ¿se factura hasta allá, no? El hombre de cabeza sin pelo, me mira y me dice, el problema no es la maleta,… y guarda silencio. Es decir que soy yo, infiero, pero sin decir nada. Mudo, miedo, menor, mucho de tan sin poder, quedo. Dispara el hombre: “El vuelo está sobre vendido. Le doy tarjeta de embarque y a ver si hay suerte y puede volar, pero le digo desde ya que está complicado, antes de usted hay quince en lista de espera”, dice, sin más. Pienso, estoy en sus manos, mejor dicho, alas. Vender billetes de más sigue siendo legal, diez por ciento, me dice el hombre que no garantiza que vuele. Lo que no es comprensible es que se haga en pleno mes de agosto, en el primer día del mes oficial de vacaciones en España.

Y pienso en la eñe y me consuelo, ella, desde su lugar que le tocó, siempre esperó. Eñe es el pasaporte de una lengua, pero también, Eñe es una letra que no existe, y que hoy para mi, va con dificultad. Han retrasado la salida del vuelo una hora, ahora será a las 01:45, mientras, con paciencia médica, miro el pase de abordar sin asiento que tengo entre mis manos. Nadie sabe ¿qué pasa?, ¿a dónde te mandan?, ¿Cuánto es la indemnización? ¿te mandan a casa o te pagan hotel? ¿Y la conexión que tengo? Todas interrogantes negadas, ninguno informa. Para esos minutos ya no eres cliente, ya no importa que hayas pagado casi dos mil euros por un billete de avión, ahora sólo eres una piedra para un hueco. Dependo de la buena, mala, o sobornable voluntad de quién decide quién y cuál es el elegido para viajar. Barajas ya duerme, tan sólo una tienda para comprar agua; yo me decido por dos cervezas. Mientras escribo esto, e imagino todo lo que nos arrancan; lo pequeño que es todo, sin más y repentinamente, sobre todo cuando uno es una espera, una incógnita, un trámite sin armas. Miro qué hace la gente mientras espera,  lo peor, creo, que es contar lo que falta, el tiempo que no llega. Observo la pantalla de vuelos por si hubiese tenido la mala hora de algún cambio de última hora. La pantalla sigue igual, azul y amarilla, brillante. Retrazado está en rojo y mantiene la misma autoridad horaria. Por momentos, me pongo paranoico y me voy a la sala de embarque. Ahí veo, a lo lejos, un mogollón resuelto, de pie. Apresuro el paso y especulo que la pantalla podría haber estado descompuesta, y me pegunto con el corazón en la garganta: ¿Cómo podemos depositar el destino a una tela electrónica que, si es como la compañía que nos debe trasladar, también puede vender cosas que no tiene, o informar de horas que no existen más? Pero no, llego y están abordando. Pregunto, y me responden: “Está complicado, ahora mismo está lleno el vuelo, y detrás suyo hay por lo menos diez personas en lista de espera”. Y qué hago. “Espere, no puedo decirle nada más, lo siento. Hasta que no embarque todos los pasajeros no podemos hacer nada”. La empresa ya es tu dueña, más te vale portarte bien, hablar bajito, no protestar mucho, guardar la paciencia que sólo puede caber en un estómago a prueba de cambios.  Mi paciencia ha tenido recompensa, sólo hay dos espacios para volar, uno de ellos es para mí. Gustavo Mota llama la azafata. Subo, me acomodo, duermo y aterrizo con la lectura: “Menos un grado en Buenos Aires. Bienvenidos”. ¡Allá vamos! Cruje mi estómago cuando ya es en suelo de alfajor.

La incógnita de por qué yo, y no otro, es quien pudo volar… no lo sé, acaso, ¿¿el maldito poder cuarto?? Quizá.

SANTIAGO GAMBOA, posted with vodpod